☁️ El Dulce Secreto del Dragón Nube de Alberto
2-2 años · 5 min
En la habitación de Alberto, las sombras de la noche bailaban suaves y lentas. Alberto, un niño muy especial de dos añitos, se acurrucaba en su camita, listo para volar con los sueños. Afuera, la luna asomaba curiosa, y dentro, el aire olía a cuento y a aventuras. Pero esta noche, había algo diferente, algo mágico. En un rinconcito de su imaginación, cerca de la ventana, Alberto sintió un pequeño aleteo, como si una hojita de algodón se hubiera escapado del cielo. Era una sensación de algo suave, muy suave, que apenas se atrevía a mostrarse.
Alberto abrió un poquito sus ojos, muy, muy despacio, y miró hacia la luna. De repente, ¡ahí estaba! Flotando junto a su estantería de cuentos, había un dragón. Pero no era un dragón de los que echan fuego o hacen ruido, ¡qué va! Este era un dragón muy especial, hecho de nubes suaves y esponjosas, de color blanco perlado, como un pedacito de cielo que había bajado a visitarle. Tenía unos ojitos brillantes y curiosos, pero estaba un poco tímido. Cuando Alberto lo miró, el pequeño dragón de nube se escondió un poquito más detrás de su osito de peluche.
Alberto sonrió con dulzura. Quería jugar con él, pero sabía que los amigos tímidos necesitan un poquito de paciencia y mucho cariño. Primero, Alberto intentó llamarlo con una vocecita muy bajita: "Hola, dragoncito de nube... ¿Quieres jugar?" El dragón asomó un trocito de su colita de algodón, pero no se acercó del todo. "Hmm", pensó Alberto, "quizás necesita algo más".
Entonces, Alberto estiró su manita, con los dedos abiertos como si le ofreciera algo. "Mira, dragoncito", susurró, "tengo una galleta de aire para ti". El dragón de nube movió sus pequeñas patitas, hechas de niebla, y flotó un poquito más cerca, pero aún no se atrevía a salir del todo. Alberto no se desanimó. Sabía que a veces, para que los amigos confiaran, había que intentarlo una y otra vez, con calma y con amor.
Volvió a estirar su manita, esta vez con un dedo. "A lo mejor... ¿quieres que te haga cosquillas?" Y Alberto hizo un ruidito suave, como de risa de dragón. ¡Y entonces, algo mágico pasó! El dragoncito de nube, con sus ojitos que brillaban como estrellas chiquititas, salió de detrás del osito. Flotó muy despacio, con cuidado, hasta la mano de Alberto. Era tan suave y ligero que apenas se sentía. Alberto sintió una alegría enorme en su corazón. Su pequeño amigo de nubes había confiado en él.
El dragoncito de nube se acurrucó en la manita de Alberto, y Alberto lo acarició con la puntita de su dedo. Era como tocar una nube de verdad, fresca y tierna. El dragoncito le dio una pequeña lamidita de aire en la mano, y Alberto se rió despacito. Había tardado un poquito en acercarse, pero Alberto había sido muy paciente y no había dejado de intentarlo con cariño. Y al final, su perseverancia había tenido una recompensa maravillosa: un nuevo amigo mágico.
Ahora, el dragoncito de nube y Alberto jugaban en silencio. El dragón flotaba suavemente por el aire, haciendo pequeños círculos, y Alberto lo seguía con la mirada, sonriendo. Sabía que, si uno intenta las cosas con dulzura y sin rendirse, aunque parezca que no funciona al principio, al final siempre se consigue algo bonito. El dragoncito de nube se posó en la almohada, justo al lado de la carita de Alberto, y empezó a brillar con una luz muy tenue, como una lamparita de cuento. Alberto cerró sus ojitos, sintiendo el calorcito de su nuevo amigo. Era hora de dormir, y en sus sueños, sabía que volarían juntos por un cielo lleno de nubes y estrellas. Buenas noches, mi pequeño campeón.
Alberto abrió un poquito sus ojos, muy, muy despacio, y miró hacia la luna. De repente, ¡ahí estaba! Flotando junto a su estantería de cuentos, había un dragón. Pero no era un dragón de los que echan fuego o hacen ruido, ¡qué va! Este era un dragón muy especial, hecho de nubes suaves y esponjosas, de color blanco perlado, como un pedacito de cielo que había bajado a visitarle. Tenía unos ojitos brillantes y curiosos, pero estaba un poco tímido. Cuando Alberto lo miró, el pequeño dragón de nube se escondió un poquito más detrás de su osito de peluche.
Alberto sonrió con dulzura. Quería jugar con él, pero sabía que los amigos tímidos necesitan un poquito de paciencia y mucho cariño. Primero, Alberto intentó llamarlo con una vocecita muy bajita: "Hola, dragoncito de nube... ¿Quieres jugar?" El dragón asomó un trocito de su colita de algodón, pero no se acercó del todo. "Hmm", pensó Alberto, "quizás necesita algo más".
Entonces, Alberto estiró su manita, con los dedos abiertos como si le ofreciera algo. "Mira, dragoncito", susurró, "tengo una galleta de aire para ti". El dragón de nube movió sus pequeñas patitas, hechas de niebla, y flotó un poquito más cerca, pero aún no se atrevía a salir del todo. Alberto no se desanimó. Sabía que a veces, para que los amigos confiaran, había que intentarlo una y otra vez, con calma y con amor.
Volvió a estirar su manita, esta vez con un dedo. "A lo mejor... ¿quieres que te haga cosquillas?" Y Alberto hizo un ruidito suave, como de risa de dragón. ¡Y entonces, algo mágico pasó! El dragoncito de nube, con sus ojitos que brillaban como estrellas chiquititas, salió de detrás del osito. Flotó muy despacio, con cuidado, hasta la mano de Alberto. Era tan suave y ligero que apenas se sentía. Alberto sintió una alegría enorme en su corazón. Su pequeño amigo de nubes había confiado en él.
El dragoncito de nube se acurrucó en la manita de Alberto, y Alberto lo acarició con la puntita de su dedo. Era como tocar una nube de verdad, fresca y tierna. El dragoncito le dio una pequeña lamidita de aire en la mano, y Alberto se rió despacito. Había tardado un poquito en acercarse, pero Alberto había sido muy paciente y no había dejado de intentarlo con cariño. Y al final, su perseverancia había tenido una recompensa maravillosa: un nuevo amigo mágico.
Ahora, el dragoncito de nube y Alberto jugaban en silencio. El dragón flotaba suavemente por el aire, haciendo pequeños círculos, y Alberto lo seguía con la mirada, sonriendo. Sabía que, si uno intenta las cosas con dulzura y sin rendirse, aunque parezca que no funciona al principio, al final siempre se consigue algo bonito. El dragoncito de nube se posó en la almohada, justo al lado de la carita de Alberto, y empezó a brillar con una luz muy tenue, como una lamparita de cuento. Alberto cerró sus ojitos, sintiendo el calorcito de su nuevo amigo. Era hora de dormir, y en sus sueños, sabía que volarían juntos por un cielo lleno de nubes y estrellas. Buenas noches, mi pequeño campeón.
¿Te ha gustado este cuento?
Crea un cuento personalizado con el nombre, la edad y los intereses de tu hij@ en menos de un minuto.
Crear cuento personalizado