🐸 Yeray, ¡a Nadar!
2-2 años · 5 min
El sol, suave y calentito, hacía cosquillas a Yeray. Estaba sentado, justo en la orilla de una laguna muy bonita. ¡Chof, chof! Sus deditos, curiosos, tocaban el agua. ¡Qué fresquita! Un patito de goma, de color amarillo limón, flotaba cerquita de él. Tenía una sonrisa muy grande pintada. Yeray sonrió también.
Con un dedo, Yeray empujó al patito. ¡Plaf! El patito se movió un poquito. «¡Hola, patito!», dijo Yeray. Volvió a empujarlo. ¡Plaf, plaf! Pero esta vez, el patito amarillo se fue flotando. ¡Plis, plas! Se alejó, alejó, entre las hojas verdes y redondas de los nenúfares. ¡Ay, qué lejos se iba!
¡Oh, no! El patito se iba. ¡Plis, plas! «¡Patito, patito!», llamó Yeray, estirando un bracito. Estaba un poquito lejos para alcanzarlo. Papá, que estaba a su lado, dijo: «¡Mira, Yeray! El patito parece que te saluda. ¡Quack, quack!». Yeray se rió. El patito parecía pedirle ayuda.
Papá se agachó. «¿Quieres ir a buscarlo?», preguntó con una sonrisa. «Podemos ir como pececitos. ¡Glu-glu!». Yeray movió sus brazos en el aire. ¡Así, así! Como si fuera a nadar. ¡Qué divertido! «¡Sí, sí!», dijo Yeray, muy ilusionado.
Papá le dio la mano. «¡Un, dos, tres!», dijo papá. Yeray dio un pasito, ¡chof! Sus pies hicieron burbujitas en el agua. ¡Qué sensación más rara y agradable! Otro pasito, ¡chof, chof! El agua le llegaba por las rodillas. «¡Qué valiente eres!», dijo papá. «¡Ya estás chapoteando!»
El patito amarillo seguía un poco más lejos. Había una hoja de nenúfar muy, muy grande en el camino. ¡Era como una isla verde! «¡Una isla!», dijo Yeray, señalando con el dedo. «¿Cómo pasamos?». Papá le dijo: «Podemos ir por un lado, como un barquito. ¡A mover las piernas, Yeray!»
Yeray empezó a mover sus piernas en el agua. ¡Patada, patada! El agua hacía ¡splash, splash! alrededor de sus piernas. Le hacía cosquillas en la barriga. ¡Glu-glu! Qué ruidos más divertidos hacía el agua. Se acercaba despacito a la hoja grande. La rodeó, ¡como un barquito de verdad!
¡Ya casi! El patito estaba justo al otro lado de la hoja. Yeray estiró su brazo. ¡Uhm, uhm! Sus deditos casi lo tocaban. Pero no llegaba del todo. «¡Un poco más, campeón!», dijo papá. «¡Un último empujón! ¡Como un delfín que salta!»
Yeray, con todas sus fuerzas, hizo una gran patada con sus piernas. ¡Splash! El agua salpicó un poquito. Y sus deditos, ¡por fin!, tocaron al patito. ¡Lo agarró fuerte! «¡Patito!», gritó Yeray, con una sonrisa de oreja a oreja. «¡Lo cogí!» ¡Qué alegría!
Yeray abrazó a su patito amarillo. Estaba un poquito mojado, sí, ¡pero muy, muy feliz! Había nadado y chapoteado como un campeón. Papá le ayudó a salir del agua. «¡Qué nadador tan bueno!», dijo papá, dándole un beso en la frente. El sol, ya cansado, empezaba a esconderse.
El cielo se puso de color naranja, luego rosa y morado. ¡Qué bonito! Las ranitas de la Laguna de los Nenúfares Risueños empezaron a hacer «¡Croac, croac!» bajito. Era su canción de buenas noches. El aire de la noche era más fresco y suave. Yeray bostezó, un bostezo grande y largo. Estaba muy cansado de tanto chapotear.
El patito se acurrucó en sus brazos. La cabecita de Yeray se apoyó en el hombro de papá. Los sonidos de la laguna se volvían cada vez más suaves. Shhh... shhh... Los ojos de Yeray se cerraban despacito, despacito. El patito amarillo sonreía en su sueño, contento de estar de vuelta.
Estaba calentito. Estaba seguro. Había nadado y había encontrado a su amigo. ¡Qué día tan emocionante! ¡A dormir, pequeño nadador! Los sueños de Yeray empezaron a flotar, como los nenúfares en el agua, muy, muy suave. Shhh... shhh...
Con un dedo, Yeray empujó al patito. ¡Plaf! El patito se movió un poquito. «¡Hola, patito!», dijo Yeray. Volvió a empujarlo. ¡Plaf, plaf! Pero esta vez, el patito amarillo se fue flotando. ¡Plis, plas! Se alejó, alejó, entre las hojas verdes y redondas de los nenúfares. ¡Ay, qué lejos se iba!
¡Oh, no! El patito se iba. ¡Plis, plas! «¡Patito, patito!», llamó Yeray, estirando un bracito. Estaba un poquito lejos para alcanzarlo. Papá, que estaba a su lado, dijo: «¡Mira, Yeray! El patito parece que te saluda. ¡Quack, quack!». Yeray se rió. El patito parecía pedirle ayuda.
Papá se agachó. «¿Quieres ir a buscarlo?», preguntó con una sonrisa. «Podemos ir como pececitos. ¡Glu-glu!». Yeray movió sus brazos en el aire. ¡Así, así! Como si fuera a nadar. ¡Qué divertido! «¡Sí, sí!», dijo Yeray, muy ilusionado.
Papá le dio la mano. «¡Un, dos, tres!», dijo papá. Yeray dio un pasito, ¡chof! Sus pies hicieron burbujitas en el agua. ¡Qué sensación más rara y agradable! Otro pasito, ¡chof, chof! El agua le llegaba por las rodillas. «¡Qué valiente eres!», dijo papá. «¡Ya estás chapoteando!»
El patito amarillo seguía un poco más lejos. Había una hoja de nenúfar muy, muy grande en el camino. ¡Era como una isla verde! «¡Una isla!», dijo Yeray, señalando con el dedo. «¿Cómo pasamos?». Papá le dijo: «Podemos ir por un lado, como un barquito. ¡A mover las piernas, Yeray!»
Yeray empezó a mover sus piernas en el agua. ¡Patada, patada! El agua hacía ¡splash, splash! alrededor de sus piernas. Le hacía cosquillas en la barriga. ¡Glu-glu! Qué ruidos más divertidos hacía el agua. Se acercaba despacito a la hoja grande. La rodeó, ¡como un barquito de verdad!
¡Ya casi! El patito estaba justo al otro lado de la hoja. Yeray estiró su brazo. ¡Uhm, uhm! Sus deditos casi lo tocaban. Pero no llegaba del todo. «¡Un poco más, campeón!», dijo papá. «¡Un último empujón! ¡Como un delfín que salta!»
Yeray, con todas sus fuerzas, hizo una gran patada con sus piernas. ¡Splash! El agua salpicó un poquito. Y sus deditos, ¡por fin!, tocaron al patito. ¡Lo agarró fuerte! «¡Patito!», gritó Yeray, con una sonrisa de oreja a oreja. «¡Lo cogí!» ¡Qué alegría!
Yeray abrazó a su patito amarillo. Estaba un poquito mojado, sí, ¡pero muy, muy feliz! Había nadado y chapoteado como un campeón. Papá le ayudó a salir del agua. «¡Qué nadador tan bueno!», dijo papá, dándole un beso en la frente. El sol, ya cansado, empezaba a esconderse.
El cielo se puso de color naranja, luego rosa y morado. ¡Qué bonito! Las ranitas de la Laguna de los Nenúfares Risueños empezaron a hacer «¡Croac, croac!» bajito. Era su canción de buenas noches. El aire de la noche era más fresco y suave. Yeray bostezó, un bostezo grande y largo. Estaba muy cansado de tanto chapotear.
El patito se acurrucó en sus brazos. La cabecita de Yeray se apoyó en el hombro de papá. Los sonidos de la laguna se volvían cada vez más suaves. Shhh... shhh... Los ojos de Yeray se cerraban despacito, despacito. El patito amarillo sonreía en su sueño, contento de estar de vuelta.
Estaba calentito. Estaba seguro. Había nadado y había encontrado a su amigo. ¡Qué día tan emocionante! ¡A dormir, pequeño nadador! Los sueños de Yeray empezaron a flotar, como los nenúfares en el agua, muy, muy suave. Shhh... shhh...
¿Te ha gustado este cuento?
Crea un cuento personalizado con el nombre, la edad y los intereses de tu hij@ en menos de un minuto.
Crear cuento personalizado