🤖 El Pequeño Robot Perdido y el Gran Corazón de Tres Hermanos
3-7 años · 5 min · Amabilidad · Robots
Era una noche de esas en las que el mundo fuera de la ventana parecía un gran cuento. Dentro, en su acogedora casa, Gonzalito, Juanito y Carolinita se preparaban para ir a la cama. Ya con sus pijamas suaves y calentitos, jugaban un ratito con sus robots de juguete, imaginando mil aventuras espaciales. “¡Mi robot es el más rápido!”, decía Gonzalito, haciendo correr un robot de plástico por la alfombra. “¡Y el mío es el más fuerte!”, añadía Juanito, chocando dos de ellos con suavidad. Carolinita, por su parte, abrazaba un robot de peluche. “Mi robot es el más cariñoso”, susurraba, dándole un beso en la cabeza. La mamá, con una sonrisa, les invitaba a meterse en la cama, prometiéndoles una historia muy especial.
Justo cuando las luces de la habitación se atenuaban, un suave y casi inaudible sonido llamó su atención: “¡Bip-bop… bip-bop…!”. Los tres hermanos se miraron, sus ojos brillando de curiosidad. “¿Habéis oído eso?”, preguntó Carolinita, que siempre era la primera en notar las cosas pequeñas. El sonido se repitió, un poco más claro, y parecía venir de debajo de la cama de Gonzalito. Con un poco de nerviosismo divertido, Gonzalito se asomó, y sus ojos se abrieron de par en par. Allí, escondido entre los calcetines y otros juguetes olvidados, había un robot de verdad, ¡pero muy pequeñito y un poco triste! Era de metal brillante, pero con unas cuantas motitas de óxido, y sus luces azules parpadeaban con una luz muy tenue, casi apagada. Parecía tener los hombros caídos, como si estuviera cansado o perdido. Juanito se acercó con cautela. “¡Oh, mira! ¡Es un robot de verdad!”, exclamó, con voz suave para no asustarlo. Carolinita se puso de rodillas y le habló con dulzura. “Hola, pequeño. ¿Estás bien? ¿Te has perdido?”. El robotito emitió un “bip-bop” aún más bajito y apagado, y sus luces azules casi desaparecieron. Parecía que sí, que estaba muy solo y necesitaba ayuda. Gonzalito, que era muy ingenioso, le preguntó: “¿Necesitas que te repare? ¿Tienes alguna pieza suelta?”. El robot negó suavemente con su cabecita metálica. Juanito, sintiendo una punzada de pena por el pequeño ser, le ofreció su manta de osito. “Quizás tienes frío, pequeño amigo. ¿Quieres estar calentito?”. El robot lo miró y, con un “bip” casi inaudible, se acurrucó un poquito contra la manta. Carolinita, con su gran corazón, se dio cuenta de lo que realmente necesitaba. “No necesita piezas ni mantas, necesita amabilidad. Está solo, ¿verdad?”. El robotito, como si entendiera, encendió una de sus luces azules, ¡un poquito más brillante que antes! Los tres hermanos sonrieron. Decidieron que su habitación sería el lugar más seguro y amable para el robotito esa noche. Le hicieron un pequeño nido suave con unos pañuelos y lo colocaron con cuidado. Las luces del robot comenzaron a brillar un poquito más, como si una chispa de alegría se encendiera dentro de él. Aprendieron que ser amable y comprender lo que el otro necesita es el mejor regalo.
Con el robotito acurrucado en su nido improvisado, sus luces brillando ahora con un azul cálido y constante, los tres hermanos se tumbaron en sus camas. El robot emitió un suave y rítmico “bip-bop” que sonaba como una canción de cuna muy particular. Sabían que habían hecho algo muy bueno por él. Sentir esa calidez en el corazón por haber ayudado a alguien, incluso a un pequeño robotito, era una sensación maravillosa. Pensaron en lo importante que es ser amable con todos, con los amigos, con la familia y hasta con los pequeños seres que se encuentran un poco perdidos. El robotito, ahora feliz y seguro, dejó de parpadear y mantuvo sus luces encendidas, iluminando suavemente la habitación con un brillo dulce y reconfortante. Los tres hermanos cerraron los ojos, sintiendo la tranquilidad de haber sido tan buenos. Pronto, el suave “bip-bop” del robot y el calor de sus corazones los llevaron a un mundo de dulces sueños, donde quizás, pequeños robots amables les esperaban para jugar. ¡Buenas noches, Gonzalito, Juanito y Carolinita! Que tengáis sueños llenos de amabilidad y aventuras.
Justo cuando las luces de la habitación se atenuaban, un suave y casi inaudible sonido llamó su atención: “¡Bip-bop… bip-bop…!”. Los tres hermanos se miraron, sus ojos brillando de curiosidad. “¿Habéis oído eso?”, preguntó Carolinita, que siempre era la primera en notar las cosas pequeñas. El sonido se repitió, un poco más claro, y parecía venir de debajo de la cama de Gonzalito. Con un poco de nerviosismo divertido, Gonzalito se asomó, y sus ojos se abrieron de par en par. Allí, escondido entre los calcetines y otros juguetes olvidados, había un robot de verdad, ¡pero muy pequeñito y un poco triste! Era de metal brillante, pero con unas cuantas motitas de óxido, y sus luces azules parpadeaban con una luz muy tenue, casi apagada. Parecía tener los hombros caídos, como si estuviera cansado o perdido. Juanito se acercó con cautela. “¡Oh, mira! ¡Es un robot de verdad!”, exclamó, con voz suave para no asustarlo. Carolinita se puso de rodillas y le habló con dulzura. “Hola, pequeño. ¿Estás bien? ¿Te has perdido?”. El robotito emitió un “bip-bop” aún más bajito y apagado, y sus luces azules casi desaparecieron. Parecía que sí, que estaba muy solo y necesitaba ayuda. Gonzalito, que era muy ingenioso, le preguntó: “¿Necesitas que te repare? ¿Tienes alguna pieza suelta?”. El robot negó suavemente con su cabecita metálica. Juanito, sintiendo una punzada de pena por el pequeño ser, le ofreció su manta de osito. “Quizás tienes frío, pequeño amigo. ¿Quieres estar calentito?”. El robot lo miró y, con un “bip” casi inaudible, se acurrucó un poquito contra la manta. Carolinita, con su gran corazón, se dio cuenta de lo que realmente necesitaba. “No necesita piezas ni mantas, necesita amabilidad. Está solo, ¿verdad?”. El robotito, como si entendiera, encendió una de sus luces azules, ¡un poquito más brillante que antes! Los tres hermanos sonrieron. Decidieron que su habitación sería el lugar más seguro y amable para el robotito esa noche. Le hicieron un pequeño nido suave con unos pañuelos y lo colocaron con cuidado. Las luces del robot comenzaron a brillar un poquito más, como si una chispa de alegría se encendiera dentro de él. Aprendieron que ser amable y comprender lo que el otro necesita es el mejor regalo.
Con el robotito acurrucado en su nido improvisado, sus luces brillando ahora con un azul cálido y constante, los tres hermanos se tumbaron en sus camas. El robot emitió un suave y rítmico “bip-bop” que sonaba como una canción de cuna muy particular. Sabían que habían hecho algo muy bueno por él. Sentir esa calidez en el corazón por haber ayudado a alguien, incluso a un pequeño robotito, era una sensación maravillosa. Pensaron en lo importante que es ser amable con todos, con los amigos, con la familia y hasta con los pequeños seres que se encuentran un poco perdidos. El robotito, ahora feliz y seguro, dejó de parpadear y mantuvo sus luces encendidas, iluminando suavemente la habitación con un brillo dulce y reconfortante. Los tres hermanos cerraron los ojos, sintiendo la tranquilidad de haber sido tan buenos. Pronto, el suave “bip-bop” del robot y el calor de sus corazones los llevaron a un mundo de dulces sueños, donde quizás, pequeños robots amables les esperaban para jugar. ¡Buenas noches, Gonzalito, Juanito y Carolinita! Que tengáis sueños llenos de amabilidad y aventuras.
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