🐴 Petr y el caballo que hacía la voltereta
5-5 años · 5 min
Una tarde, Petr fue al bosque con su profe. Llevaban una esterilla azul, enrollada como un caramelo gigante. Y con ellos fue el caballo, que caminaba despacio y movía la cola.
—Hoy hacemos gimnasia en el bosque —dijo la profe—. Buscad un sitio llano y tranquilo.
Petr miró a su alrededor. Había hojas, piñas y un claro con la hierba suave. Allí desenrolló la esterilla. ¡Fiu! Rodó solita y quedó lisa como una tortita.
—Primero, la voltereta —dijo la profe.
Petr se agachó. Puso las manos en la esterilla. Metió la cabeza, como si saludara a sus rodillas. Y rodó. ¡Voltereta!
—¡Muy bien, Petr! —dijo la profe.
El caballo miró a Petr. Ladeó la cabeza. Parecía pensar: «Yo también».
—Caballo, espera tu turno —dijo Petr—. Primero miro yo y luego tú.
Pero el caballo no esperó. Se acercó a la esterilla. Dobló las patas delanteras, despacito, y empujó con el hocico. Y la esterilla salió volando contra un arbusto. ¡Plof!
Petr se rio. La profe también. El caballo se quedó mirando el arbusto, muy serio, con una hoja pegada en la oreja.
—Vamos a colocarla otra vez —dijo Petr.
Entre los dos estiraron la esterilla. Petr hizo otra voltereta. Y el caballo, otra vez, empujó la esterilla con el hocico. ¡Plof! Contra el mismo arbusto.
—¡Caballo! —dijo Petr, muy sorprendido—. Así no podemos hacer gimnasia.
La profe se sentó en un tronco.
—¿Qué se te ocurre, Petr?
Petr se rascó la cabeza. Miró al caballo. El caballo no quería romper nada. Solo quería jugar, y no sabía cómo.
—Ya sé —dijo Petr—. Le vamos a dar su propio sitio.
Buscó una rama larga y dibujó en la tierra un cuadrado grande, al lado de la esterilla.
—Esta es la esterilla de Petr —dijo—. Y esto es el sitio del caballo.
El caballo olisqueó la raya. Resopló. Entró en el cuadrado y se quedó quieto.
—¡Muy bien, caballo! Ahora miras cómo lo hago yo.
Petr hizo una voltereta en la esterilla. Y el caballo, desde su cuadrado, pateó el suelo, contento. Pam, pam, pam.
—Ahora tú —dijo Petr.
El caballo dobló las patas delanteras. Bajó la cabeza hasta el suelo. Movió la cola de lado a lado. Y se quedó así, con el trasero en alto, como una montaña con cola.
La profe se rio tanto que casi se cae del tronco.
—¡Es su voltereta! —dijo.
—¡Casi! —dijo Petr—. Le falta rodar.
Pero el caballo no rodó. Se quedó muy orgulloso, con el trasero en alto. Petr aplaudió.
Luego la profe enseñó a Petr la postura del árbol. Petr se puso de pie sobre una pierna, con los brazos arriba, como ramas. Tembló un poquito. Una hoja le cayó en la nariz. Aguantó.
El caballo miró a Petr. Levantó una pata. Se tambaleó. Levantó otra, y se quedó sobre dos. Bueno, sobre tres. Bueno, sobre cuatro, porque no se sostenía de otra manera.
—Tú eres un árbol de cuatro patas —dijo Petr.
Y esta vez el caballo no tocó la esterilla. Esperó en su cuadrado cada vez que Petr hacía un ejercicio. Y cuando Petr acabó, el caballo se acercó despacio, sin empujar, y apoyó el hocico en su hombro.
—Gracias por esperar —dijo Petr.
La profe recogió la esterilla. Petr la enrolló como un caramelo gigante. Esta vez no salió volando.
Empezaba a oscurecer entre los árboles. Los pájaros se iban a dormir. Petr caminaba al lado del caballo, con la mano sobre su cuello cálido, y la profe iba detrás con la esterilla.
En el camino, Petr se paró. Junto a un tronco había una piña enorme, redonda, perfecta.
—Mañana la usamos —dijo—. Para el ejercicio de equilibrio.
El caballo resopló, como diciendo que sí. Y la piña se quedó allí, quieta entre las hojas, esperando.
—Hoy hacemos gimnasia en el bosque —dijo la profe—. Buscad un sitio llano y tranquilo.
Petr miró a su alrededor. Había hojas, piñas y un claro con la hierba suave. Allí desenrolló la esterilla. ¡Fiu! Rodó solita y quedó lisa como una tortita.
—Primero, la voltereta —dijo la profe.
Petr se agachó. Puso las manos en la esterilla. Metió la cabeza, como si saludara a sus rodillas. Y rodó. ¡Voltereta!
—¡Muy bien, Petr! —dijo la profe.
El caballo miró a Petr. Ladeó la cabeza. Parecía pensar: «Yo también».
—Caballo, espera tu turno —dijo Petr—. Primero miro yo y luego tú.
Pero el caballo no esperó. Se acercó a la esterilla. Dobló las patas delanteras, despacito, y empujó con el hocico. Y la esterilla salió volando contra un arbusto. ¡Plof!
Petr se rio. La profe también. El caballo se quedó mirando el arbusto, muy serio, con una hoja pegada en la oreja.
—Vamos a colocarla otra vez —dijo Petr.
Entre los dos estiraron la esterilla. Petr hizo otra voltereta. Y el caballo, otra vez, empujó la esterilla con el hocico. ¡Plof! Contra el mismo arbusto.
—¡Caballo! —dijo Petr, muy sorprendido—. Así no podemos hacer gimnasia.
La profe se sentó en un tronco.
—¿Qué se te ocurre, Petr?
Petr se rascó la cabeza. Miró al caballo. El caballo no quería romper nada. Solo quería jugar, y no sabía cómo.
—Ya sé —dijo Petr—. Le vamos a dar su propio sitio.
Buscó una rama larga y dibujó en la tierra un cuadrado grande, al lado de la esterilla.
—Esta es la esterilla de Petr —dijo—. Y esto es el sitio del caballo.
El caballo olisqueó la raya. Resopló. Entró en el cuadrado y se quedó quieto.
—¡Muy bien, caballo! Ahora miras cómo lo hago yo.
Petr hizo una voltereta en la esterilla. Y el caballo, desde su cuadrado, pateó el suelo, contento. Pam, pam, pam.
—Ahora tú —dijo Petr.
El caballo dobló las patas delanteras. Bajó la cabeza hasta el suelo. Movió la cola de lado a lado. Y se quedó así, con el trasero en alto, como una montaña con cola.
La profe se rio tanto que casi se cae del tronco.
—¡Es su voltereta! —dijo.
—¡Casi! —dijo Petr—. Le falta rodar.
Pero el caballo no rodó. Se quedó muy orgulloso, con el trasero en alto. Petr aplaudió.
Luego la profe enseñó a Petr la postura del árbol. Petr se puso de pie sobre una pierna, con los brazos arriba, como ramas. Tembló un poquito. Una hoja le cayó en la nariz. Aguantó.
El caballo miró a Petr. Levantó una pata. Se tambaleó. Levantó otra, y se quedó sobre dos. Bueno, sobre tres. Bueno, sobre cuatro, porque no se sostenía de otra manera.
—Tú eres un árbol de cuatro patas —dijo Petr.
Y esta vez el caballo no tocó la esterilla. Esperó en su cuadrado cada vez que Petr hacía un ejercicio. Y cuando Petr acabó, el caballo se acercó despacio, sin empujar, y apoyó el hocico en su hombro.
—Gracias por esperar —dijo Petr.
La profe recogió la esterilla. Petr la enrolló como un caramelo gigante. Esta vez no salió volando.
Empezaba a oscurecer entre los árboles. Los pájaros se iban a dormir. Petr caminaba al lado del caballo, con la mano sobre su cuello cálido, y la profe iba detrás con la esterilla.
En el camino, Petr se paró. Junto a un tronco había una piña enorme, redonda, perfecta.
—Mañana la usamos —dijo—. Para el ejercicio de equilibrio.
El caballo resopló, como diciendo que sí. Y la piña se quedó allí, quieta entre las hojas, esperando.
¿Te ha gustado este cuento?
Crea un cuento personalizado con el nombre, la edad y los intereses de tu hij@ en menos de un minuto.
Crear cuento personalizado