🏖️ Aitiana y el cangrejo ladrón de chanclas
6-6 años · 5 min · Animales
Una tarde, Aitiana fue a la playa con su mamá, su abuela y su perro. La marea bajaba despacito y dejaba charcos llenos de cosas brillantes.
—¡Vamos a ver los charcos! —dijo Aitiana.
El perro ladró dos veces. Eso significaba que sí.
Aitiana se quitó las chanclas para meter los pies en el agua. Las dejó en la arena, una al lado de la otra. Se agachó y miró dentro de un charco. Había un cangrejo pequeñito con una concha en la espalda.
—Hola, caracol gordo —dijo Aitiana.
El cangrejo levantó una pinza, como diciendo «¿quién eres tú?».
Cuando Aitiana se dio la vuelta, sus chanclas ya no estaban. En su sitio solo quedaba un surco en la arena, como una línea de ruedas pequeñitas.
—¡Mamá! ¡Alguien me ha robado las chanclas!
Mamá vino a mirar. La abuela vino a mirar. El perro olfateó el surco y estornudó.
—Esto lo ha hecho alguien con muchas patas —dijo la abuela.
Aitiana siguió el surco con el dedo. Ida y vuelta por la arena. El surco llegaba hasta una piedra grande y desaparecía por debajo.
—Está debajo de la piedra —dijo Aitiana.
Se asomó despacito. Allí estaba el cangrejo, y las chanclas estaban con él. Una la llevaba puesta. Pues casi: se la había puesto por encima del caparazón, como un sombrero demasiado grande.
—¡Es el cangrejo! —gritó Aitiana—. ¡Se ha puesto mi chancla de sombrero!
La abuela se rio tanto que se sentó en la arena. El perro se puso a ladrar a la piedra, muy ofendido.
—Cangrejo, esas chanclas son mías —dijo Aitiana.
El cangrejo levantó las dos pinzas. Ni se movió.
Aitiana pensó y pensó. Los cangrejos comen algas. ¿Y si le cambiaba las chanclas por algo más rico? Cogió un puñadito de algas verdes que había cerca del charco y las puso delante de la piedra.
Nada. El cangrejo ni asomó las pinzas.
—No le gustan —suspiró Aitiana.
Entonces tuvo otra idea. Los cangrejos van hacia atrás. Se agachó, puso las algas detrás de la piedra y esperó.
El cangrejo asomó una pinza. Asomó la otra. Y salió caminando hacia atrás, hacia las algas, con la chancla puesta como sombrero. ¡Plof! Se cayó el sombrero. ¡Plof! Se cayó el otro, el que aún no se había puesto. Aitiana estiró los brazos y recogió sus dos chanclas.
—¡Gracias por el sombrero! —le dijo al cangrejo—. Te queda mejor la concha.
El cangrejo levantó una pinza, como diciendo adiós, y se metió debajo de la piedra con sus algas.
De vuelta en la toalla, la abuela puso las chanclas de Aitiana en una fila con las suyas y las de mamá. Tres pares, bien ordenados.
—Ahora las vigilamos —dijo la abuela.
El perro se tumbó al lado, con las chanclas más cercanas a su nariz. Guardián de chanclas.
Aitiana se quedó mirando el mar. El sol bajaba y el agua estaba naranja y tranquila. La marea había dejado otro charco nuevo, más grande que los demás, justo delante de la toalla. En el charco se veían dos pinzas asomando.
—Mamá, ¿crees que el cangrejo vendrá a visitarnos mañana? —preguntó Aitiana.
—Mañana lo veremos —dijo mamá.
El perro bostezó y se arropó con la toalla. Aitiana contó sus chanclas una vez más: una, dos. Y en el charco, muy quietecito, el cangrejo esperaba a que la marea subiera.
—¡Vamos a ver los charcos! —dijo Aitiana.
El perro ladró dos veces. Eso significaba que sí.
Aitiana se quitó las chanclas para meter los pies en el agua. Las dejó en la arena, una al lado de la otra. Se agachó y miró dentro de un charco. Había un cangrejo pequeñito con una concha en la espalda.
—Hola, caracol gordo —dijo Aitiana.
El cangrejo levantó una pinza, como diciendo «¿quién eres tú?».
Cuando Aitiana se dio la vuelta, sus chanclas ya no estaban. En su sitio solo quedaba un surco en la arena, como una línea de ruedas pequeñitas.
—¡Mamá! ¡Alguien me ha robado las chanclas!
Mamá vino a mirar. La abuela vino a mirar. El perro olfateó el surco y estornudó.
—Esto lo ha hecho alguien con muchas patas —dijo la abuela.
Aitiana siguió el surco con el dedo. Ida y vuelta por la arena. El surco llegaba hasta una piedra grande y desaparecía por debajo.
—Está debajo de la piedra —dijo Aitiana.
Se asomó despacito. Allí estaba el cangrejo, y las chanclas estaban con él. Una la llevaba puesta. Pues casi: se la había puesto por encima del caparazón, como un sombrero demasiado grande.
—¡Es el cangrejo! —gritó Aitiana—. ¡Se ha puesto mi chancla de sombrero!
La abuela se rio tanto que se sentó en la arena. El perro se puso a ladrar a la piedra, muy ofendido.
—Cangrejo, esas chanclas son mías —dijo Aitiana.
El cangrejo levantó las dos pinzas. Ni se movió.
Aitiana pensó y pensó. Los cangrejos comen algas. ¿Y si le cambiaba las chanclas por algo más rico? Cogió un puñadito de algas verdes que había cerca del charco y las puso delante de la piedra.
Nada. El cangrejo ni asomó las pinzas.
—No le gustan —suspiró Aitiana.
Entonces tuvo otra idea. Los cangrejos van hacia atrás. Se agachó, puso las algas detrás de la piedra y esperó.
El cangrejo asomó una pinza. Asomó la otra. Y salió caminando hacia atrás, hacia las algas, con la chancla puesta como sombrero. ¡Plof! Se cayó el sombrero. ¡Plof! Se cayó el otro, el que aún no se había puesto. Aitiana estiró los brazos y recogió sus dos chanclas.
—¡Gracias por el sombrero! —le dijo al cangrejo—. Te queda mejor la concha.
El cangrejo levantó una pinza, como diciendo adiós, y se metió debajo de la piedra con sus algas.
De vuelta en la toalla, la abuela puso las chanclas de Aitiana en una fila con las suyas y las de mamá. Tres pares, bien ordenados.
—Ahora las vigilamos —dijo la abuela.
El perro se tumbó al lado, con las chanclas más cercanas a su nariz. Guardián de chanclas.
Aitiana se quedó mirando el mar. El sol bajaba y el agua estaba naranja y tranquila. La marea había dejado otro charco nuevo, más grande que los demás, justo delante de la toalla. En el charco se veían dos pinzas asomando.
—Mamá, ¿crees que el cangrejo vendrá a visitarnos mañana? —preguntó Aitiana.
—Mañana lo veremos —dijo mamá.
El perro bostezó y se arropó con la toalla. Aitiana contó sus chanclas una vez más: una, dos. Y en el charco, muy quietecito, el cangrejo esperaba a que la marea subiera.
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