🍦 El Helado Valiente de Helena

7-7 años · 5 min · Autoconfianza

🍦 El Helado Valiente de Helena
El aire en el Valle de los Cucuruchos olía a galleta recién hecha y a fresas maduras. Helena, con sus siete años, saltaba entre las lomas doradas del suelo, que parecían pequeños cucuruchos gigantes de barquillo. ¡Mmm, qué bien huele aquí!, pensó, y se relamió. Buscaba un nuevo sabor para su helado favorito, algo especial.

De repente, llegó a la orilla de un río brillante. ¡Glu-glu-glu!, hacía el agua al correr. Pero este no era un río normal. ¡Era el Río de los Ingredientes! Flotaban trocitos de chocolate, bolitas de colores y hojas de menta fresca, haciendo remolinos que invitaban a mirar. Al otro lado, en lo alto de una colina, había una fuente mágica que burbujeaba con una luz rosa, casi púrpura: ¡la Fuente del Sabor Secreto! Para llegar a ella y conseguir un poco, tenía que cruzar el río, y no parecía nada fácil.

Helena vio el puente. Era un cucurucho enorme, del revés, que unía las dos orillas. Su superficie era rugosa, como una galleta grande. ¡Pero se movía! ¡Wiiii, wiiii!, se balanceaba un poquito con cada ráfaga de viento. Era muy alto y parecía un poco inestable, como si pudiera volcarse. Helena se quedó quieta, frunciendo el ceño. “Uhm… ¿podré cruzarlo?”, se preguntó en voz bajita, sintiendo un pequeño nudo en la barriga. Le daba un poco de cosa que se moviese tanto y que el río estuviera tan lejos abajo.

Recordó cuando aprendió a montar en bici sin ruedines. Al principio, se caía, ¡Plaf!, y sentía un poco de miedo, pero luego se decía: “¡Un intento más!”. Se puso en el borde del cucurucho-puente, justo donde empezaba. Respiró hondo, cerró los ojos un segundo y pensó: “Puedo hacerlo. Paso a paso, como con la bici”. Puso un pie con cuidado sobre la galleta gigante. ¡Cric!, sonó la superficie rugosa bajo su zapatilla. Luego el otro, buscando el equilibrio. El puente se movía un poco más, ¡Wiiii!, y Helena sintió un cosquilleo en los pies, pero apretó los labios y miró fijamente al otro lado. “¡Venga, Helena, tú puedes!”, se animó a sí misma en un susurro.

“¡Sí, puedo!”, dijo en voz más alta, y siguió andando. Un paso lento, otro paso seguro. Se concentró mucho en sus pies, sintiendo la textura de la galleta. Sentía el viento fresco en la cara, pero no miró hacia abajo al río. Poco a poco, el puente dejó de parecer tan largo. Al final, llegó al otro lado, ¡Uf! Se sintió tan orgullosa de sí misma por haberlo conseguido. Corrió hacia la Fuente del Sabor Secreto y metió su cucharita. ¡Oh, el líquido rosa burbujeaba y olía a algodón de azúcar con fresa! ¡Qué rico! ¡Justo lo que buscaba!

Con su cucharita llena del maravilloso sabor a chuches de fresa, Helena cruzó el cucurucho-puente de vuelta, ¡esta vez mucho más rápido y sin dudar ni un momento! Cuando llegó a su lado del valle, se sentó contenta sobre una loma de barquillo. El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de naranja, rosa y morado. El olor a galleta era más suave ahora, mezclado con el dulce perfume del sabor secreto. Se sentía muy bien por haber conseguido su sabor, y por haber sido tan valiente. Había sido un día emocionante y lleno de descubrimientos. Sus ojos se cerraban despacito, sintiendo el cansancio de la aventura. El Valle de los Cucuruchos se volvía muy, muy silencioso… solo el suave ¡glu-glu! del río y el lejano ¡cric-cric! de alguna hojita. Helena bostezó. Y se durmió soñando con helados de chuches y puentes muy, muy valientes.

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