El Abrazo de Guillermo y el Bosque Mágico

2-2 años · 5 min

El Abrazo de Guillermo y el Bosque Mágico
¡Hola, Guillermo! ¿Sabes que eres un niño muy especial? Un día, tus ojitos curiosos miraban por la ventana, y veías los pajaritos volar, las mariposas de colores y las hormiguitas que iban de un lado a otro. ¡Te encantan los animales! ¿Verdad? Pues hoy vamos a emprender una aventura mágica, pero muy, muy cerquita de ti. En tu propia habitación, la alfombra se convierte en un suave camino de hierba, y tus juguetes son los habitantes más divertidos de un bosque secreto. ¿Estás listo para conocer a unos amigos muy peludos y con plumas?

Guillermo, con su pijama de leoncitos, se adentró gateando en este bosque imaginario. Su osito de peluche, Roco, le acompañaba. De repente, ¡pío, pío! Un pajarito de alas azules, con un piquito muy pequeño, estaba en el suelo. Parecía que no podía volar muy alto. Guillermo, con sus deditos pequeños, le dijo: "Pío, pío, ¿qué te pasa, pajarito?" El pajarito movía sus alas, pero una ramita con una baya roja deliciosa estaba un poquito alta para él. Guillermo, con mucho cuidado, estiró su manita y, ¡plas!, acercó la ramita al pajarito. El pajarito, feliz, picoteó la baya y le hizo un pequeño "¡gracias!" con un trino alegre antes de volar. ¡Qué amable fue Guillermo!

Un poco más allá, detrás de la cómoda, que ahora era una gran montaña, Guillermo vio algo moverse. ¡Era un conejito! Un conejito blanco como la nieve, con orejas largas y bigotitos temblorosos. Pero este conejito estaba un poco asustado y no se atrevía a salir de su escondite. Guillermo, con su vocecita suave, le dijo: "Hola, conejito. No te asustes. Soy Guillermo." Se sentó tranquilamente en el suelo, sin hacer ruido, y le ofreció una zanahoria de juguete que Roco llevaba en su mochilita. El conejito, poco a poco, asomó su naricita, luego una oreja, y finalmente saltó hacia Guillermo, oliendo la zanahoria. Guillermo le acarició la cabeza con un dedito, muy despacio, para que no se asustara. El conejito se acurrucó a su lado, ¡qué contento estaba! Guillermo había sido muy, muy amable.

Pero la aventura no acababa ahí. Cerca de la lámpara, que era un gran girasol, había una pequeña hormiguita. ¡Pero esta hormiguita no encontraba el camino de vuelta a casa! Daba vueltas y vueltas, ¡pobre hormiguita! Guillermo, que era un campeón de la amabilidad, vio que había un trocito de pan que se le había caído antes de cenar. Con su dedito, empujó suavemente el trocito de pan cerca de la hormiguita. La hormiguita, ¡qué lista!, lo encontró enseguida y empezó a llevarlo. Guillermo, con su dedo, le hizo un caminito para que supiera por dónde ir hacia su casa. La hormiguita, contenta, siguió el caminito y, antes de desaparecer, pareció hacerle un pequeño saludo con sus patitas. ¡Guillermo había ayudado a todos sus amigos animales!

Guillermo se sentía muy feliz. Había ayudado al pajarito a comer, había calmado al conejito asustado y había guiado a la hormiguita a casa. ¡Todos los animales del bosque mágico le querían mucho! Roco, su osito, le dio un abrazo. Ser amable es como tener un sol muy brillante dentro de ti. Cuando eres amable, ese sol brilla y hace que todo el mundo se sienta calentito y feliz. Los pajaritos cantan más fuerte, los conejitos saltan con más alegría y las hormiguitas encuentran su camino más fácilmente. Guillermo sonrió, porque sabía que su corazón estaba lleno de ese sol. Era un campeón de la amabilidad. Y cada vez que ayudaba o era bueno con alguien, ¡su corazón brillaba un poquito más! Ahora, Guillermo, puedes cerrar tus ojitos y soñar con más aventuras amables. ¡Buenas noches, campeón!

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