🍝 Helena y los fideos del parque

7-7 años · 5 min

🍝 Helena y los fideos del parque
Una tarde, Helena caminaba por el parque, sintiendo el aire fresco en su cara. Le encantaba ese lugar. En este parque, las hojas de los árboles siempre crujían como fideos al cocerse cuando algo inusual estaba a punto de ocurrir. Y ese día, el crujido era fuerte, casi como un murmullo de cocina.

Helena se detuvo junto a un gran roble. Las hojas del roble, en particular, crujían como fideos al cocerse, confirmando que algo muy especial estaba pasando. El crujido se hizo más rítmico, como si alguien estuviera cocinando a toda prisa. Y entonces, entre las raíces del árbol, vio algo muy extraño. Eran montones de fideos, de todos los colores, brillando bajo el sol de la tarde. Fideos azules, rojos, verdes, y algunos incluso con rayas. Se movían un poquito con la brisa.

"¡Plaf!", uno de los fideos azules saltó y aterrizó justo delante de su zapatilla. Helena se agachó. No eran pegajosos, sino suaves y un poco elásticos. Cogió uno con cuidado. Parecía un hilo de seda de colores. ¿Quién habría dejado tantos fideos de colores en el parque?

De repente, una voz muy pequeñita, casi un susurro, preguntó: "¿Te gustan mis fideos?".

Helena miró a su alrededor. No había nadie. El crujido de las hojas volvió, más fuerte. "¡Shhh!", la voz sonó de nuevo, esta vez un poco más cerca. Helena se fijó bien y, escondido detrás de una raíz, vio un bichito. Era redondo y mullido, con seis patitas y dos antenas que se movían sin parar. Tenía unos ojos grandes y curiosos.

El bichito era de color verde manzana y llevaba un delantal diminuto. "Soy Fideo, el guardián de los fideos del parque", dijo con una vocecita que apenas se oía. "Los cultivo para que el parque esté siempre alegre. Pero hoy tengo un problema. Se han secado las raíces del roble y no puedo hacer que crezcan más fideos para el festival de esta noche".

Helena sintió una punzada de preocupación. ¿Un festival de fideos? "Pero, ¿cómo puedo ayudarte?", preguntó. "Necesito agua especial, del manantial de los susurros, que está al lado de la fuente grande. Pero el camino está lleno de piedras que se quejan y no me dejan pasar. Dicen que no soy lo suficientemente fuerte".

Helena pensó un momento.

El manantial de los susurros era un lugar al que a veces iba con su mamá. Las piedras allí eran grandes y ruidosas, pero nunca se había imaginado que pudieran "quejarse".

"Yo puedo ir", dijo Helena, decidida. Fideo la miró con sus ojos brillantes. "¡De verdad! Pero ten cuidado. Las piedras solo dejan pasar a quien tiene una intención clara."

Helena asintió y se dirigió hacia la fuente grande. Cuando se acercó al manantial, una piedra muy grande y redonda vibró. "¡Uffff!", sonó, "¡Otro que quiere pasar!"

"Necesito agua para Fideo y sus fideos de colores", dijo Helena con voz firme. Las piedras dejaron de quejarse. Helena se dio cuenta de que había sido la honestidad en su corazón. Cogió una hoja grande y la llenó de agua cristalina del manantial. Con cuidado, la llevó de vuelta al roble.

Fideo la esperaba impaciente. Helena vertió el agua sobre las raíces. "¡Mmm, qué fresca!", exclamó Fideo, y empezó a trabajar sus patitas en la tierra. Poco a poco, los fideos de colores empezaron a multiplicarse, más brillantes y elásticos que antes. Helena sonrió. Había ayudado a Fideo.

"¡Gracias, Helena!", exclamó Fideo, mientras las hojas del roble crujían con una melodía alegre, como si celebraran. Helena se despidió del pequeño guardián y sus fideos. Sabía que el parque guardaba muchos más secretos. El sol ya se escondía, pintando las nubes de un gris suave y un poco morado.

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