🍔 El Chef Panecillo
7-7 años · 5 min · Respeto
Paula corría por la Plaza de los Sabores Olvidados, sus zapatillas haciendo un suave ¡tap, tap! sobre los adoquines. El aire olía a tierra mojada y a las flores que asomaban en los maceteros gigantes. La fuente antigua burbujeaba con un sonido muy alegre: ¡glu, glu, glu! Era su rincón secreto favorito en la ciudad.
De repente, algo diminuto se movió detrás de una petunia roja. Paula se detuvo, ¡Plaf! Su corazón dio un saltito. Agachó la cabeza y miró con cuidado. ¿Era una mariquita con gorro? No. ¡Era un chef en miniatura! Llevaba un gorrito blanco, un delantal chiquitín y estaba muy, muy concentrado en un panecillo de hamburguesa, ¡no más grande que su pulgar!
El chef suspiró con un sonido casi inaudible. "¡Ay, ay, ay!" dijo con una voz bajita y rasposa, como un susurro de hormiga. "Mi hamburguesa de los sueños necesita algo especial, ¡pero no lo encuentro!". Paula, que era una niña curiosa, le preguntó: "¿Qué necesitas, chef diminuto?".
El chef, que se llamaba Chef Panecillo, levantó la vista. Sus ojos eran como dos lentejas brillantes. "¡Necesito la hojita de la buena suerte!" exclamó. "Solo crece en la rama más alta del sauce llorón, al lado de la fuente. Pero soy demasiado pequeño para subir. Todos se ríen de mis hamburguesas tan pequeñas y de mis ingredientes secretos, ¡Cric, cric!". Parecía muy triste.
Paula miró al sauce, sus ramas tocaban el suelo como si estuvieran llorando. Era un árbol muy grande para un chef tan pequeño. Pensó por un momento. Podría reírse, como los demás, de su problema tan chiquitín. Pero el Chef Panecillo parecía tan serio, tan dedicado a su trabajo. "No te preocupes, Chef Panecillo", dijo Paula con voz suave. "Yo te ayudaré a encontrar esa hojita. Tu hamburguesa es importante, aunque sea pequeña".
Paula se acercó al sauce. Con cuidado, levantó una de las ramas más bajas. Buscó entre las hojas verdes y alargadas. ¡Ahí estaba! Una hojita de un verde más brillante, casi fosforito, se escondía entre las demás. La cogió con suavidad, con mucho cuidado de no dañarla. "¡Aquí está!" dijo, tendiéndosela al Chef Panecillo. Él la miró con los ojos muy abiertos.
El Chef Panecillo tomó la hojita con sus diminutas manos. "¡Oh, Paula! ¡Gracias!" exclamó, con una sonrisa que le iluminó la cara. "¡Eres la primera que respeta mi trabajo! Con esta hojita, mi hamburguesa de los sueños estará completa. ¡Ñam, ñam!". Se puso a trabajar, colocando la hojita con arte dentro de su minúscula hamburguesa.
La tarde empezaba a caer. Los últimos rayos de sol pintaban la plaza de colores naranjas y morados. El Chef Panecillo, feliz, le dio las gracias a Paula una y otra vez. "¡Adiós, Paula! ¡Adiós!" susurró mientras se escondía otra vez detrás de la petunia roja.
Paula se despidió del pequeño chef con un gesto de la mano. Caminó despacio hacia casa, sintiendo una alegría calentita en el pecho. Había ayudado a alguien. Había respetado un sueño, por muy pequeño que fuera.
El aire se volvió más fresco. Las luces de la calle se encendieron. Paula pensó en el Chef Panecillo y su hamburguesa especial. Sus párpados se sentían pesados.
Cada paso era más lento.
Más suave.
Casi de puntillas.
Hasta que, por fin, llegó a su cama.
Un bostezo.
Un sueño.
De repente, algo diminuto se movió detrás de una petunia roja. Paula se detuvo, ¡Plaf! Su corazón dio un saltito. Agachó la cabeza y miró con cuidado. ¿Era una mariquita con gorro? No. ¡Era un chef en miniatura! Llevaba un gorrito blanco, un delantal chiquitín y estaba muy, muy concentrado en un panecillo de hamburguesa, ¡no más grande que su pulgar!
El chef suspiró con un sonido casi inaudible. "¡Ay, ay, ay!" dijo con una voz bajita y rasposa, como un susurro de hormiga. "Mi hamburguesa de los sueños necesita algo especial, ¡pero no lo encuentro!". Paula, que era una niña curiosa, le preguntó: "¿Qué necesitas, chef diminuto?".
El chef, que se llamaba Chef Panecillo, levantó la vista. Sus ojos eran como dos lentejas brillantes. "¡Necesito la hojita de la buena suerte!" exclamó. "Solo crece en la rama más alta del sauce llorón, al lado de la fuente. Pero soy demasiado pequeño para subir. Todos se ríen de mis hamburguesas tan pequeñas y de mis ingredientes secretos, ¡Cric, cric!". Parecía muy triste.
Paula miró al sauce, sus ramas tocaban el suelo como si estuvieran llorando. Era un árbol muy grande para un chef tan pequeño. Pensó por un momento. Podría reírse, como los demás, de su problema tan chiquitín. Pero el Chef Panecillo parecía tan serio, tan dedicado a su trabajo. "No te preocupes, Chef Panecillo", dijo Paula con voz suave. "Yo te ayudaré a encontrar esa hojita. Tu hamburguesa es importante, aunque sea pequeña".
Paula se acercó al sauce. Con cuidado, levantó una de las ramas más bajas. Buscó entre las hojas verdes y alargadas. ¡Ahí estaba! Una hojita de un verde más brillante, casi fosforito, se escondía entre las demás. La cogió con suavidad, con mucho cuidado de no dañarla. "¡Aquí está!" dijo, tendiéndosela al Chef Panecillo. Él la miró con los ojos muy abiertos.
El Chef Panecillo tomó la hojita con sus diminutas manos. "¡Oh, Paula! ¡Gracias!" exclamó, con una sonrisa que le iluminó la cara. "¡Eres la primera que respeta mi trabajo! Con esta hojita, mi hamburguesa de los sueños estará completa. ¡Ñam, ñam!". Se puso a trabajar, colocando la hojita con arte dentro de su minúscula hamburguesa.
La tarde empezaba a caer. Los últimos rayos de sol pintaban la plaza de colores naranjas y morados. El Chef Panecillo, feliz, le dio las gracias a Paula una y otra vez. "¡Adiós, Paula! ¡Adiós!" susurró mientras se escondía otra vez detrás de la petunia roja.
Paula se despidió del pequeño chef con un gesto de la mano. Caminó despacio hacia casa, sintiendo una alegría calentita en el pecho. Había ayudado a alguien. Había respetado un sueño, por muy pequeño que fuera.
El aire se volvió más fresco. Las luces de la calle se encendieron. Paula pensó en el Chef Panecillo y su hamburguesa especial. Sus párpados se sentían pesados.
Cada paso era más lento.
Más suave.
Casi de puntillas.
Hasta que, por fin, llegó a su cama.
Un bostezo.
Un sueño.
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