🌟 Gracias, Pequeña Estrella

3-7 años · 5 min · Gratitud · Magia

🌟 Gracias, Pequeña Estrella
Gonzalito, el de las gafas, caminaba despacio. Sus botas hacían “¡cruj, cruj!” sobre las agujas secas de los pinos. Juanito, con su pelo rubio y rizado, iba delante, saltando entre las setas que brillaban con luz propia. ¡Pim! ¡Pim! Parecían pequeñas lamparitas en el suelo oscuro. Carolinita, la más pequeña, iba cogida de la mano de Juanito, señalando todo con su dedito. “¡Ohhh!”, decía, con sus rizos marrones moviéndose.

De repente, Juanito se paró. “¡Mirad! ¡Una cosa diferente!”, susurró. En el centro del claro, donde los árboles eran muy altos, había algo que no era una seta. Era muy pequeño, y su luz era tan, tan bajita que casi no se veía. Parecía un puntito de luz cansado.

Gonzalito se acercó, ajustándose las gafas. “Es… es como una estrellita”, dijo. “Pero está muy triste. Su luz casi se apaga”. La estrellita parpadeaba, un “¡blinc!” muy débil, y luego casi nada. Juanito se agachó. “Pobrecita. ¿Por qué no brilla fuerte?”

Carolinita estiró su manita y dio un toquecito muy suave a la estrellita. “¡Plaf!”, hizo un ruido casi inaudible. Pero la luz no cambió. Gonzalito pensó. “Quizás tiene frío”, dijo. Buscó una hoja grande y la puso con cuidado encima de la estrellita, como una mantita. Juanito sopló un poco de aire calentito. “¡Así, así!”, dijo. Pero la luz de la estrellita seguía igual de flojita.

“No es frío”, dijo Gonzalito, quitando la hoja. “Necesita otra cosa. Algo que la haga feliz”. La estrellita dio un último “¡blinc!” y se quedó casi sin luz. Parecía que iba a desaparecer. Juanito puso cara triste. “Quiero que brille mucho. Es tan bonita”.

Gonzalito tuvo una idea. “Mamá dice que cuando alguien nos ayuda o hace algo bonito, tenemos que darle las gracias. ¡Eso hace que los corazones se pongan contentos!” Juanito miró a la estrellita. “¡Gracias, estrellita!”, dijo con su voz suave. “Gracias por ser tan bonita aquí abajo con nosotros”. Carolinita, que estaba al lado, imitó a su hermano. “¡Gacias!”, dijo, y dio una palmada suave.

En ese momento, algo increíble pasó. La estrellita hizo un “¡Pim!” un poco más fuerte. Luego otro “¡Pim, pim!” Y empezó a brillar, primero despacito, y luego más y más, como si le hubieran dado un abrazo de luz. “¡Está brillando!”, gritó Juanito, dando pequeños saltitos.

Gonzalito sonrió. “¡Le ha gustado que le demos las gracias! ¡Se siente querida!” La estrellita giró y giró, su luz se hizo muy fuerte, como un pequeño sol de juguete. De repente, la estrellita hizo un “¡Fiuuu!” y empezó a subir. Subió y subió, dejando un caminito de purpurina brillante en el aire. Se fue hacia el cielo, un puntito de luz que se unía a las otras estrellas. Los hermanos la vieron desaparecer.

“¡Adiós, estrellita!”, susurró Juanito. “¡Adiós!”, dijo Carolinita, moviendo su manita. Gonzalito se quitó las gafas y se frotó los ojos. El bosque se estaba poniendo muy, muy tranquilo. Las setas seguían brillando suavemente, pero ahora todo se sentía más calmado.

“Qué bien que la hemos ayudado”, dijo Gonzalito. “Y ella nos ha dado un poco de su magia”. Juanito bostezó. “Estoy contento de haberla visto”. Carolinita se apoyó en la pierna de Juanito, ya muy calladita. El camino de vuelta a casa fue muy silencioso. Solo se oían los “¡cruj, cruj!” de sus botas. El aire olía a pino y a noche. Sus pasos eran cada vez más lentos.

Cuando llegaron a casa, se metieron en la cama. El mundo estaba oscuro y muy callado. El recuerdo de la estrellita les daba una luz por dentro. Cerraron los ojos. A dormir.

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