🍓 Paula y el Bosque de Frutas Sonrientes

7-7 años · 5 min

🍓 Paula y el Bosque de Frutas Sonrientes
Paula caminaba despacito por el Bosque del Zumbido Frutal. No era un bosque cualquiera. Aquí, cuando el viento soplaba, las hojas de los árboles no hacían un *¡Shhh!* normal, sino un suave *¡Mmmmm!* como una nana. Y entre sus ramas, colgaban frutas de colores increíbles que brillaban con una luz propia, como pequeñas linternas. Olía a tierra mojada y a fresas muy, muy maduras. Paula buscaba hojas con formas raras para su colección. Le encantaba cómo brillaban las hojitas doradas al sol.

De repente, escuchó un sonido muy, muy bajito: *¡Piii!* Sonaba a tristeza. Paula se agachó y miró entre unas hojas grandes y verdes. Allí, sentada sobre una fruta que no brillaba nada, estaba una luciérnaga diminuta. Pero esta luciérnaga no tenía su luz encendida. Era de un color gris pálido y parecía muy, muy triste. *¡Piii!* volvió a sonar. La luciérnaga levantó su cabecita y miró a Paula con unos ojitos muy oscuros.

"¿Estás bien, amiguita?" preguntó Paula con voz suave. La luciérnaga, que era un poco más grande que su uña, movió sus antenas y señaló la fruta apagada con una patita. Luego, se encogió un poquito, como si tuviera frío. Era una fruta redonda y morada, pero no tenía esa chispa que tenían las otras. Parecía cansada. La luciérnaga hizo un pequeño *¡Glup!* y señaló la fruta otra vez, luego a su propio cuerpo, y luego al cielo.

Paula frunció el ceño. *¡Mmm!* pensó. La luciérnaga quería decir que la fruta necesitaba luz, pero la suya propia se había ido. Miró la fruta apagada. Estaba un poco escondida bajo una hoja grande, y otra fruta al lado le hacía sombra. Luego, miró a las frutas que sí brillaban: todas estaban bien expuestas al sol, sin nada que las tapara. "Quizás... ¡necesitas más sol!" dijo Paula, en voz alta. Pero la luciérnaga movió la cabeza de lado a lado, *¡Piii!* otra vez.

Entonces, Paula se fijó en algo más. En la piel de la fruta apagada había unos puntitos muy, muy pequeñitos, casi invisibles, como motitas de polvo. ¡Pero no eran polvo! Eran unos bichitos minúsculos que cubrían los agujeritos por donde salía la luz de la fruta. La luciérnaga vio que Paula los miraba y asintió, *¡Piii!* con más fuerza. La luciérnaga también necesitaba esa luz para brillar.

Paula tuvo una idea. Con mucho cuidado, usó la punta de un palito para apartar suavemente los bichitos de la piel de la fruta. No los hizo daño, solo los movió un poquito. Luego, con sus manitas, giró la fruta morada para que no estuviera tan escondida y recibiera más rayos de sol. La luciérnaga miraba todo con atención. Cuando Paula terminó, la pequeña luciérnaga se puso de pie, y de repente, *¡Fiuuuu!* ¡una luz suave y amarilla salió de su cuerpo! Empezó a brillar un poquito, y luego un poquito más.

La fruta morada también empezó a cambiar. Primero, un puntito diminuto de luz apareció en su piel. Luego, otro, y otro. Como si se estuviera despertando. La luciérnaga, que ahora brillaba con alegría, voló en círculos alrededor de la fruta. El Bosque del Zumbido Frutal pareció sonreír. El *¡Mmmmm!* de los árboles se hizo más fuerte y feliz. Paula sonrió también.

Paula siguió ayudando a otras frutas que parecían un poco tristes, girándolas y limpiando sus puntitos brillantes. La luciérnaga volaba a su lado, como una pequeña compañera que la animaba con su luz. Cuando el sol empezó a bajar, Paula estaba un poco cansada, pero muy contenta. Se despidió de la luciérnaga, que ahora era una bolita de luz brillante que se movía entre los árboles.

Paula caminó de vuelta a casa, el suave *¡Mmmmm!* del bosque se iba haciendo más lejano. Ya en su cama, se acurrucó bajo su manta. Pensó en las frutas que brillaban y en la pequeña luciérnaga que había vuelto a encontrar su luz. Todo estaba tranquilo. Sus ojos se cerraron. Y, *¡shhh!*, el sueño llegó.

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