💧 El Amigo Escamado
7-7 años · 5 min · Dragones
Paula caminaba con mucho cuidado, sujetándose a las ramas de los arbustos, subiendo por una senda estrecha. Sus zapatillas hacían un suave “¡Crac!” con cada piedrecita que pisaba. Había un murmullo constante en el aire, como si el viento contara secretos. El olor a tierra mojada y a plantas frescas le hacía cosquillas en la nariz.
“Qué camino tan misterioso”, pensó Paula, con los ojos bien abiertos y una gran sonrisa. Siempre le encantaba descubrir sitios nuevos. No le gustaban los caminos aburridos, ella prefería los que parecían esconder un tesoro. Y este, sin duda, parecía que guardaba algo especial.
De repente, el camino se abrió a una gruta oculta. ¡Era increíble! Una cascada enorme caía delante, creando una pared de agua brillante y ruidosa. El agua cristalina saltaba y bailaba, y el sol que se colaba creaba pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer. Dentro de la gruta, el aire era fresco y olía aún más a tierra mojada y a musgo.
Y allí, en una repisa de roca cubierta de musgo suave, había una criatura. Era un dragón diminuto, no más grande que un gatito recién nacido, con escamas de color verde musgo que brillaban y unas alitas transparentes como las de una libélula. Estaba encogido, temblando un poquito, y parecía muy, muy triste.
Paula se quedó muy quieta, sin hacer ruido. Su corazón hizo “¡Bum, bum!” en su pecho. Su primera idea fue salir corriendo, porque, ¡era un dragón de verdad! Pero el dragón no parecía peligroso. Parecía solo tener una cara triste. Tenía una patita levantada de forma rara y un brillo extraño en sus ojitos grandes y redondos.
“¿Estás bien?”, preguntó Paula en voz muy bajita, casi un susurro. El dragón movió su cabecita despacio, mirándola fijamente. Luego emitió un sonido muy suave, como un “¡Pío!” pequeño y triste. No parecía asustado de Paula, solo adolorido.
Paula se acercó despacio, paso a paso, con mucho cuidado para no asustarle. Cuando estuvo más cerca, vio lo que pasaba: una de las alitas del dragón estaba atrapada bajo una pequeña roca brillante. No era una roca grande para Paula, pero para un dragón tan chiquitín, era como si fuera una montaña pesada. “¡Oh, pobrecito!”, exclamó Paula, sintiendo pena por el dragón.
Paula se agachó un poco, examinando la roca. No pesaba mucho, lo sabía. Pero, ¿y si le hacía daño al dragón al moverla? Se tomó un momento para pensar. “Tengo que ser muy suave”, se dijo a sí misma. Con mucho, mucho cuidado, puso sus manitas a los lados de la roca. “Uno, dos, ¡y tres!”, dijo, empujando suavemente. La roca se movió un poquito, haciendo un “¡Plop!” suave al liberarse.
El dragón lanzó un “¡Pío!” de alivio y agitó su alita, probando que ya estaba bien. Luego, sin pensarlo dos veces, se estiró y miró a Paula con sus ojos brillantes, llenos de gratitud. Después, voló un poquito y se posó en su hombro, dando un suave “¡Fzzz!” con sus alitas diminutas. Paula sonrió de oreja a oreja. Había ayudado a un dragón de verdad.
El dragón se acurrucó en el hombro de Paula, sintiéndose a salvo y calentito. Fuera de la gruta, el murmullo de la cascada se hizo más lejano, como si estuviera despidiéndose del día. El aire se volvió más fresco, y una pequeña luciérnaga empezó a brillar con su luz suave en la oscuridad de la gruta, como una estrella caída del cielo.
El dragón soltó un pequeño “¡Ronrroneo!” de contento, y Paula sintió su calorcito en el cuello. Empezaba a tener mucho sueño. Cerró los ojos, sintiendo la pequeña criatura en su hombro, y el mundo se volvía suave y tranquilo a su alrededor. Las voces de la cascada eran ahora una canción de cuna, arrullándola suavemente.
Sus pensamientos volaban con alitas de dragón. Todo estaba tranquilo. Muy, muy tranquilo.
“Qué camino tan misterioso”, pensó Paula, con los ojos bien abiertos y una gran sonrisa. Siempre le encantaba descubrir sitios nuevos. No le gustaban los caminos aburridos, ella prefería los que parecían esconder un tesoro. Y este, sin duda, parecía que guardaba algo especial.
De repente, el camino se abrió a una gruta oculta. ¡Era increíble! Una cascada enorme caía delante, creando una pared de agua brillante y ruidosa. El agua cristalina saltaba y bailaba, y el sol que se colaba creaba pequeños arcoíris que desaparecían y volvían a aparecer. Dentro de la gruta, el aire era fresco y olía aún más a tierra mojada y a musgo.
Y allí, en una repisa de roca cubierta de musgo suave, había una criatura. Era un dragón diminuto, no más grande que un gatito recién nacido, con escamas de color verde musgo que brillaban y unas alitas transparentes como las de una libélula. Estaba encogido, temblando un poquito, y parecía muy, muy triste.
Paula se quedó muy quieta, sin hacer ruido. Su corazón hizo “¡Bum, bum!” en su pecho. Su primera idea fue salir corriendo, porque, ¡era un dragón de verdad! Pero el dragón no parecía peligroso. Parecía solo tener una cara triste. Tenía una patita levantada de forma rara y un brillo extraño en sus ojitos grandes y redondos.
“¿Estás bien?”, preguntó Paula en voz muy bajita, casi un susurro. El dragón movió su cabecita despacio, mirándola fijamente. Luego emitió un sonido muy suave, como un “¡Pío!” pequeño y triste. No parecía asustado de Paula, solo adolorido.
Paula se acercó despacio, paso a paso, con mucho cuidado para no asustarle. Cuando estuvo más cerca, vio lo que pasaba: una de las alitas del dragón estaba atrapada bajo una pequeña roca brillante. No era una roca grande para Paula, pero para un dragón tan chiquitín, era como si fuera una montaña pesada. “¡Oh, pobrecito!”, exclamó Paula, sintiendo pena por el dragón.
Paula se agachó un poco, examinando la roca. No pesaba mucho, lo sabía. Pero, ¿y si le hacía daño al dragón al moverla? Se tomó un momento para pensar. “Tengo que ser muy suave”, se dijo a sí misma. Con mucho, mucho cuidado, puso sus manitas a los lados de la roca. “Uno, dos, ¡y tres!”, dijo, empujando suavemente. La roca se movió un poquito, haciendo un “¡Plop!” suave al liberarse.
El dragón lanzó un “¡Pío!” de alivio y agitó su alita, probando que ya estaba bien. Luego, sin pensarlo dos veces, se estiró y miró a Paula con sus ojos brillantes, llenos de gratitud. Después, voló un poquito y se posó en su hombro, dando un suave “¡Fzzz!” con sus alitas diminutas. Paula sonrió de oreja a oreja. Había ayudado a un dragón de verdad.
El dragón se acurrucó en el hombro de Paula, sintiéndose a salvo y calentito. Fuera de la gruta, el murmullo de la cascada se hizo más lejano, como si estuviera despidiéndose del día. El aire se volvió más fresco, y una pequeña luciérnaga empezó a brillar con su luz suave en la oscuridad de la gruta, como una estrella caída del cielo.
El dragón soltó un pequeño “¡Ronrroneo!” de contento, y Paula sintió su calorcito en el cuello. Empezaba a tener mucho sueño. Cerró los ojos, sintiendo la pequeña criatura en su hombro, y el mundo se volvía suave y tranquilo a su alrededor. Las voces de la cascada eran ahora una canción de cuna, arrullándola suavemente.
Sus pensamientos volaban con alitas de dragón. Todo estaba tranquilo. Muy, muy tranquilo.
¿Te ha gustado este cuento?
Crea un cuento personalizado con el nombre, la edad y los intereses de tu hij@ en menos de un minuto.
Crear cuento personalizado