🥋 El Muñeco Olvidado

6-12 años · 5 min · Gratitud

🥋 El Muñeco Olvidado
El sol pintaba rayitos dorados en el suelo del claro, entre los pinos muy altos. El aire olía a pino fuerte y a tierra mojada, y las agujas caídas hacían una alfombra blandita bajo los pies. ¡Perfecto para entrenar!

Marcos, el más pequeño, saltaba con sus pies descalzos, dando patadas al aire. “¡Mira, Joserra! ¡Soy un ninja secreto!”

Joserra, con los brazos en guardia, intentaba concentrarse. “No es secreto si lo dices en voz alta, Marcos. ¡Y ten cuidado con esa rama!” Hacía un movimiento rápido con su pierna. ¡Plaf!

Cristina, la mayor, observaba con una sonrisa. “Así se hace, chicos. Recordad lo que practicamos: equilibrio y respeto.” Ella hacía un movimiento suave con sus manos, como si el aire fuera su compañero. “Cada movimiento cuenta.”

De repente, “¡Cric, cric!” Sonó algo entre los arbustos. Los tres se quedaron quietos, en guardia, con los ojos bien abiertos. Joserra se acercó despacio, con los puños preparados.

Entre las ramas, había un muñeco de trapo, viejo y descosido. Parecía un maestro de artes marciales, pero estaba muy estropeado. Uno de sus brazos estaba suelto, casi despegado, y su “cinturón” —un trozo de cuerda— estaba deshecho en el suelo.

Cristina se agachó. “Pobrecito. Parece que ha tenido una pelea muy dura.” Lo recogió con cuidado, sintiendo el trapo gastado. Marcos lo tocó con un dedo, con la cara triste. “Está triste, Cristina.”

Joserra lo levantó un poco. “No podemos dejarlo así. Alguien lo ha perdido, seguro. Y es de artes marciales, como nosotros.” Miró a sus hermanos, pensativo. “Pero ¿cómo lo arreglamos? Y ¿de quién será? No podemos llevárnoslo sin más.”

Cristina miró al muñeco, luego a sus hermanos. “Tenéis razón. No podemos dejarlo así.” Una idea se encendió en su cabeza. “¿Y si lo arreglamos aquí mismo? Así, su dueño, si vuelve, lo encontrará mejor.”

“¡Sí!” exclamó Marcos, sus ojos brillando. “¡Podemos curarle el brazo!”

Joserra asintió, sacando algo de su bolsillo. “Con mi cinta de pegar y un poco de hilo que siempre llevo. ¡Somos un equipo de reparación ninja!”

Marcos encontró una hoja ancha que había caído de un árbol. “¡Y podemos dejar una nota! Para que el dueño sepa que no está solo.”

Cristina sonrió. “¡Fantástico! Buena idea, Joserra. Y Marcos, tu idea de la nota es genial. Lo haremos entre los tres.”

Con mucho cuidado, Joserra usó su cinta para pegar el brazo al cuerpo del muñeco. Cristina, con una aguja pequeña que también llevaba, cosió un poco los hilos sueltos. Marcos, mientras tanto, dibujó una cara sonriente en la hoja y, con la ayuda de Cristina, escribió: “Hemos arreglado a tu amigo. ¡Esperamos que te haga feliz! Un abrazo.”

Colocaron la hoja con una piedrecita al lado del muñeco. Lo dejaron sentado, con su cinturón bien atado, mirando el camino. El muñeco parecía mucho más contento ahora. “¡Qué bien ha quedado!” exclamó Marcos, dando pequeños saltitos.

“Seguro que su dueño se pone muy contento cuando lo vea,” dijo Joserra, orgulloso de su trabajo. Cristina añadió, en voz bajita: “Y nos dará las gracias en su corazón, aunque no nos vea. Es bonito ayudar sin esperar nada a cambio, ¿verdad?”

El sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Los pinos seguían susurrando, pero ahora sonaban más suaves, como una canción de cuna. Los niños volvieron a practicar sus movimientos, pero esta vez, con una calma diferente. Cada patada, cada bloqueo, cada saludo, se sentía más ligero.

Cristina hizo una reverencia profunda. “Gracias por este día, chicos. Y gracias por este momento.”

Joserra y Marcos la imitaron, sintiendo el aire fresco en sus caras. Caminaron de vuelta a casa, con los pies cansados pero el corazón contento. Marcos bostezó, pegado a Joserra. “Quiero soñar con ninjas arregladores.”

Joserra sonrió. “Yo también. Con ninjas que ayudan.”

Cristina les dio un abrazo. “Buenas noches, pequeños maestros. A descansar.”

El bosque se hizo más oscuro, y el silencio abrazó a los niños. Los sueños dulces llegaron. Y la gratitud, como una pequeña luz, brilló en sus corazones.

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