🤸‍♀️ Ariadna y la Gimnasia en la Selva

3-3 años · 8 min · Empatía

🤸‍♀️ Ariadna y la Gimnasia en la Selva
Una tarde, Ariadna estaba en la selva. El sol brillaba entre las hojas de los árboles, y los pájaros cantaban alegres. Mientras caminaba, Ariadna sintió que sus pies tocaban la suave hierba. A su lado, saltando de alegría, estaba su amigo el conejo, pequeño y travieso. Juntos, exploraban cada rincón de su lugar favorito.

Ariadna miraba a su alrededor, viendo cómo las ramas se movían con el viento. “¡Mira, conejo! ¡Las hojas parecen bailar!” exclamó mientras giraba en círculo. El conejo, emocionado, brincaba de un lado a otro, haciendo que las flores también parecieran bailar. El aroma de los árboles y las flores llenaba el aire, creando un ambiente fresco y alegre.

De repente, Ariadna recordó algo. “¡Quiero hacer gimnasia!” dijo con entusiasmo. “Podemos entrenar aquí, en la selva. Es un lugar perfecto.” El conejo, a quien le encantaba jugar, asintió y se preparó para saltar y hacer piruetas.

Primero, Ariadna decidió intentar un salto. Se concentró, tomó aire y, ¡bum! Saltó con todas sus fuerzas. “¡Lo logré! ¡Mira cómo salto alto!” dijo riendo. El conejo aplaudía emocionado y empezó a hacer saltos también.

“¡Eres increíble, conejo!” dijo Ariadna mientras se reía. La selva parecía aplaudir también, con el sonido de las hojas moviéndose. Ariadna y su amigo se dieron cuenta de que podían hacer una rutina juntos. “¡Vamos a hacer una actuación de gimnasia!” propuso Ariadna.

Decidieron crear una coreografía. Ariadna pensaba en sus movimientos, mientras el conejo intentaba seguirla, aunque a veces se perdía en sus saltos. “Primero un giro, luego un salto, y después una vuelta,” decía Ariadna, moviendo las manos como si dirigiera una orquesta.

“¡No, así no! ¡Salta más alto!” le gritaba el conejo, riendo mientras caía de nuevo al suelo.

A medida que continuaban ensayando, Ariadna notó algo diferente en la selva. “¿Escuchas eso?” preguntó. Era un sonido curioso, como un susurro que venía del arroyo cercano. “Vamos a verlo,” decidió Ariadna, intrigada. El conejo la siguió, saltando felizmente.

Cuando llegaron al arroyo, vieron que el agua brillaba como si estuviera llena de estrellas. “¡Es tan bonito!” exclamó Ariadna mientras se acercaba. “Es como un espejo mágico.” El conejo salpicó un poco de agua, haciendo que se rieran. Pero al mirar más de cerca, vieron algo más en el agua.

“¿Qué es eso?” preguntó Ariadna, señalando algo que flotaba. Era una hoja que parecía tener dibujados unos extraños símbolos. “¡Mira, parece un mapa!” dijo. “Podría llevarnos a un lugar especial.”

El conejo, algo dudoso, preguntó: “¿Y si es un truco? No sabemos a dónde nos llevará.” Ariadna pensó por un momento. Sabía que la selva era mágica, pero también sabía que debía ser cuidadosa. “Podemos seguir el mapa juntos, pero siempre regresaremos aquí si algo no se siente bien,” propuso.

“Está bien, pero prometeme que no nos alejaremos mucho,” dijo el conejo, sintiéndose un poco más seguro. Ariadna asintió con determinación. Juntas, comenzaron a seguir el mapa, que parecía guiarlas hacia el corazón de la selva.

Mientras caminaban, comenzaron a notar cosas nuevas: flores que nunca habían visto, árboles que parecían tocar el cielo y sonidos de animales que nunca habían oído. ¡Era una aventura increíble! “¡Mira, ese árbol tiene flores de colores!” señaló Ariadna.

“Y esos sonidos, ¡parecen pájaros cantando de una forma nueva!” dijo el conejo, emocionado. Pero al seguir el mapa, comenzaron a sentir algo extraño. El aire se volvió más fresco y un poco oscuro.

“Espera,” dijo Ariadna, deteniéndose. “No me gusta cómo se siente esto. ¡Volvamos!” El conejo miró a su alrededor, sintiendo que la aventura estaba comenzando a ser un poco aterradora.

“Sí, creo que deberíamos regresar,” respondió con un temblor en su voz. Juntos, dieron la vuelta y comenzaron a caminar de regreso hacia el arroyo, siguiendo su propio sentido común. Mientras regresaban, el sonido del arroyo se hacía más fuerte, como si les diera la bienvenida.

Cuando llegaron al arroyo, todo parecía brillar de nuevo. Las hojas parecía que también estaban contentas de verlos. “Lo hicimos,” dijo Ariadna, sonriendo. “Regresamos a nuestro lugar favorito. La selva es increíble.”

El conejo, aliviado, saltó felizmente. “¡Sí! Y la gimnasia también es divertida. ¡Podemos practicar aquí!” Ariadna se rió y comenzaron de nuevo a hacer piruetas y saltos, esta vez con más confianza.

De repente, el conejo hizo un salto tan alto que casi tocó la rama más baja de un árbol. “¡Wow, eso fue impresionante!” aplaudió Ariadna. “¡Eres un gran gimnasta!” El conejo se sintió feliz y orgulloso.

Así pasaron la tarde, entre saltos y risas, disfrutando de su tiempo juntos. Mientras el sol comenzaba a ponerse, los colores del cielo se reflejaron en el arroyo, creando un espectáculo de luz y sombras. Ariadna miró hacia el agua y pensó en lo que había aprendido.

“Siempre es mejor estar cerca de casa cuando se siente extraño. Y la gimnasia nos hace felices,” dijo Ariadna, sonriendo mientras el conejo asentía con la cabeza.

Y así, entre risas y saltos, todo se volvió silencioso, mientras el eco de sus risas se mezclaba con el suave murmullo del arroyo.

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