Santiago y el Bosque de los Abrazos Suavecitos

2-2 años · 5 min

Santiago y el Bosque de los Abrazos Suavecitos
¡Hola, Santiago! ¿Sabes qué? Hoy vamos a viajar con la imaginación a un lugar muy especial, un bosque mágico. Es un bosque lleno de colores brillantes, como el verde de las hojas y el azul del cielo, y suena a risas de pajaritos y a susurros del viento. Es el Bosque de los Abrazos Suavecitos, donde todos los animales son amigos y les encanta jugar. Santiago, tú eres un niño muy, muy especial, con unos ojos grandes que ven la magia en todas partes. Ponte tu gorrito de explorador imaginario, porque vamos a descubrir qué sorpresas nos tiene este bosque. ¿Estás listo para conocer a unos amigos muy peludos y con plumas?

Santiago, con tu gorrito de explorador puesto, entraste en el bosque. ¡Mira! Lo primero que viste fue una ardilla. Era pequeñita, con una cola muy, muy suave, como un plumero. La ardilla estaba intentando subir a un árbol muy alto para buscar sus avellanas, pero un pequeño charco de agua le impedía pasar, ¡oh, pobre ardilla! Estaba un poco triste, sus bigotitos temblaban un poquito. Santiago, tú la miraste con tus ojos grandes y bonitos. Sabías que la ardilla necesitaba un poquito de ayuda.

¿Qué hiciste, Santiago? Con mucho cuidado, porque los animalitos son delicados, cogiste una hoja grande y fuerte que estaba en el suelo y la pusiste en el charco, como si fuera un puente. ¡Qué buena idea! La ardilla te miró, parpadeó sus ojitos brillantes y, ¡hop!, cruzó por la hoja. Llegó al árbol y te dio las gracias con un ruidito: '¡Chas, chas, gracias, amigo Santiago!' Y luego subió muy rápido a buscar sus avellanas. ¡Qué alegría!

Seguiste caminando, Santiago, y de repente, escuchaste un '¡Pío, pío!' Era un pajarito azul, muy pequeñito, que estaba en el suelo. Parecía que no podía volar muy alto, sus alitas se movían despacito. ¡Pobre pajarito! Quería alcanzar una flor muy bonita para su nido, que estaba en una rama un poco alta. Santiago, tú pensaste: '¿Cómo puedo ayudar a este pajarito, que parece un poquito solo?'

Con mucho, mucho cuidado, te agachaste despacito, despacito. Le extendiste tu manita con una ramita pequeña que tenía una flor parecida, de color amarillo. El pajarito te miró, inclinó su cabecita y, ¡zas!, saltó a tu mano. Cogió la flor con su piquito y luego te dio un pequeño beso en el dedo con su alita. '¡Pío, pío, gracias, amigo Santiago!', te dijo volando hacia su nido, feliz con su flor. ¡Qué amable eres, Santiago!

Y mientras el pajarito se iba volando con su flor, apareció un conejito blanco, con orejas largas y suaves, como el algodón. El conejito estaba un poco asustado, se había escondido detrás de una flor muy grande porque no encontraba a su mamá. Estaba solito y un poco triste, moviendo su naricita de un lado a otro. Santiago, tú lo viste y tu corazón se puso un poco blandito. Sabías que necesitabas ser muy, muy amable y tranquilo para que el conejito no tuviera miedo.

Con tu voz más dulce y suave, le dijiste al conejito: 'Hola, conejito. No tengas miedo. Soy Santiago.' Te sentaste despacito en el suelo, sin hacer ruido, y le ofreciste una zanahoria imaginaria que sacaste de tu bolsillo mágico. El conejito, poco a poco, salió de detrás de la flor. Te miró, movió su naricita, y ¡zas!, se acercó a tu mano a oler la zanahoria imaginaria. Justo en ese momento, apareció la mamá coneja, que había estado buscando a su bebé. ¡Qué alegría! La mamá coneja le dio un gran abrazo a su conejito y te dio las gracias con sus orejas. '¡Gracias, Santiago, por ser tan amable y bueno con mi bebé!', te dijo la mamá coneja con una sonrisa.

Santiago, en el Bosque de los Abrazos Suavecitos, todos los animales estaban contentos y felices gracias a ti. Ayudaste a la ardilla a cruzar el charco, al pajarito a conseguir su flor y al conejito a sentirse seguro. ¿Sabes por qué estaban tan contentos? Porque fuiste muy, muy amable. Cuando somos amables con los demás, con los animales, con mamá, con papá, con los amigos, con todo el mundo, hacemos que sus corazones se pongan calentitos y felices. Y tu corazón, Santiago, también se puso muy, muy calentito y feliz por haber ayudado a tus nuevos amigos. Volviste a casa con una sonrisa enorme, sabiendo que la amabilidad es el mejor regalo que podemos dar. ¡Qué bien lo hiciste, Santiago! ¡Bravo!

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