🪐 Erick y los Planetas Brillantes

3-3 años · 5 min · Espacio y planetas

🪐 Erick y los Planetas Brillantes
Una tarde, Erick estaba en el parque, mirando al cielo. Las nubes jugaban a esconderse con el sol y una brisa suave hacía que las hojas de los árboles susurraran secretos. Erick adoraba el parque. Allí podía correr, jugar y soñar. No muy lejos de él, había un pequeño grupo de amigos que compartían su pasión por el espacio. Habían construido un cohete de cartón y estaban listos para una aventura en el espacio. Eran cinco en total: Erick, su amiga Alba, su hermano mayor Tato, y dos vecinos, Lucas y Sofía. Todos juntos, se sentaron dentro del cohete y comenzaron a contar.

— Tres, dos, uno… ¡Despegamos! —gritaron al unísono.

El cohete comenzó a vibrar y a moverse. De repente, Erick sintió que volaban tan alto que podían tocar las estrellas. Cuando miraron por la ventana del cohete, se dieron cuenta de que estaban rodeados de planetas brillantes.

— ¡Mira, allí está Júpiter! —exclamó Sofía, señalando un enorme planeta lleno de manchas de colores.

— ¡Y Venus! —dijo Lucas, asomándose por la ventana. — Es el más brillante.

Mientras observaban, algo extraño sucedió. De repente, el cohete se detuvo.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó Tato, con un poco de preocupación en su voz.

— No lo sé. Quizás necesitamos más combustible —respondió Erick, pensando en su papá, que siempre decía que los cohetes necesitaban energía.

Al mirar alrededor, notaron que el cohete había aterrizado en un pequeño planeta de color azul. La superficie parecía estar cubierta de brillantina.

— ¡Vamos a explorar! —sugirió Alba, emocionada.

Los cinco amigos salieron del cohete y comenzaron a caminar. El planeta tenía un olor dulce, como si toda la tierra estuviera hecha de caramelos. Erick dio un paso y sintió que el suelo era blando y gomoso.

— ¡Es como caminar sobre nubes! —rió Lucas, haciendo saltos.

Mientras exploraban, escucharon un ruido peculiar. Era un zumbido suave, como el canto de un ave, pero mucho más melodioso.

— ¿Qué será eso? —preguntó Sofía, mirando al cielo.

Decidieron seguir el sonido y, al hacerlo, se encontraron con un grupo de pequeñas criaturas. Eran seres coloridos, con cuerpos brillantes y alas que destellaban.

— ¡Hola! —gritaron las criaturas al unísono. — Bienvenidos a nuestro planeta.

— ¡Hola! —respondieron los niños, asombrados.

Una de las criaturas, que parecía ser la más grande, se acercó a Erick.

— ¿De dónde venís? —preguntó con una voz dulce.

— Venimos del planeta Tierra —respondió Erick, mirando a sus amigos, quienes sonreían.

— ¡Qué emocionante! —dijo la criatura. — Aquí en nuestro planeta, todos los sonidos son melodías. ¡Escuchad!

Y así, comenzaron a tocar música. Cada sonido que hacían se transformaba en colores que llenaban el aire. Erick, Alba, Tato, Lucas y Sofía se unieron a ellos, creando una hermosa sinfonía de risas y melodías.

Pero, justo cuando la música alcanzó su punto culminante, el cohete comenzó a temblar nuevamente.

— ¡Es hora de volver a casa! —dijo Tato, mientras una suave luz los envolvía.

Las criaturas les dieron un abrazo y les dijeron que siempre serían bienvenidos. Con un último zumbido, el cohete los llevó de vuelta al parque.

Erick, Alba, Tato, Lucas y Sofía salieron del cohete, llenos de historias que contar. El sol comenzaba a esconderse y, mientras se sentaban en la hierba, escucharon el suave canto de las hojas.

El viento soplaba suavemente, y el parque olía a tierra fresca y flores. Las risas de los amigos resonaban en el aire, como una melodía que nunca se olvidaría.

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