El Tesoro Secreto de Alma y el Amigo con Hambre

2-2 años · 5 min

El Tesoro Secreto de Alma y el Amigo con Hambre
¡Hola, pequeña Alma! ¿Sabes qué día tan especial es hoy? ¡Es un día mágico! El sol asoma por la ventana y, con sus rayitos, te hace cosquillas en la nariz. ¡Achís! Alma se estira como un gatito perezoso y sus ojitos curiosos miran a su alrededor. ¿Qué aventuras nos esperan hoy? Quizás... ¡animales! Sí, ¡muchos animales! Alma se levanta de la cama, arrastra su osito de peluche y, con sus pequeños pies, se acerca a la ventana. El jardín está lleno de ruiditos... ¿pío, pío? ¿Toc, toc? ¡Qué emoción!

Alma, con su pijama de estrellitas, miró el jardín. ¡Qué bonito! De repente, vio algo moverse cerca del gran roble. ¡Era un pajarito! Un pajarito pequeño, con plumas marrones y una colita que se movía sin parar. "¡Pío, pío!", hizo el pajarito. Parecía que buscaba algo en el suelo, con su piquito, pero no encontraba nada. Alma lo observaba con sus ojos muy abiertos. "Pobrecito pajarito", pensó Alma. El pajarito saltaba de un lado a otro, "¡pío, pío, pío!", como si tuviera mucha hambre.

Alma se acordó de que en su bolsillo secreto de la batita, ese que su mamá le había cosido, guardaba unas miguitas de pan de su desayuno. ¡Eran muy poquitas, un tesoro! Su mamá le había dicho: "Alma, estas miguitas son especiales, para momentos especiales". Y Alma pensó: "¡Este es un momento especial! ¡El pajarito tiene hambre!". Con mucho cuidado, para no asustar al pajarito, Alma metió su manita en el bolsillo y sacó las miguitas. Eran pequeñas y redonditas, como minúsculas piedritas de pan.

Alma se arrodilló lentamente en la hierba, estirando su bracito. Abrió su mano, que era como una pequeña flor, y dejó las miguitas allí. "Pío, pío", dijo Alma suavemente, imitando al pajarito. El pajarito la miró con sus ojitos negros y redondos. Primero, se quedó quieto, un poquito asustado. Pero Alma se quedó muy quieta también, sin hacer ruido, solo sonriendo con su boquita. Poco a poco, el pajarito dio un saltito, luego otro, y ¡plas!, aterrizó justo al lado de la mano de Alma. ¡Qué valiente! Con su piquito, empezó a picotear las miguitas. ¡Ñam, ñam, ñam! ¡Qué rico! Alma sintió un cosquilleo en su barriga, ¡era la alegría!

El pajarito comió todas las miguitas, moviendo su colita feliz. Cuando terminó, miró a Alma, hizo un "¡pío!" fuerte y alegre, y echó a volar hacia el cielo azul. ¡Adiós, pajarito! Alma se rio, una risa suave y dulce. Su manita ya no tenía miguitas, pero su corazón estaba lleno, lleno de una sensación calentita y bonita. Había compartido su tesoro, sus miguitas especiales, y había hecho feliz a un amigo. ¡Qué bien se siente ayudar!

Alma se levantó, se sacudió un poquito la hierba de las rodillas y corrió a abrazar a su osito. "Hemos compartido, osito", le susurró. Y el osito, claro, asintió con su cabecita de lana. Alma aprendió que compartir no es perder, ¡es ganar algo mucho más grande! Es hacer que los demás se sientan bien y que tu corazón se llene de alegría. ¡Qué día más especial! Y todo empezó con unas pequeñas miguitas y un pajarito hambriento. ¡Qué dulce es la generosidad!

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