🌊 La Curiosa Capibara de la Plaza Olavide

3-7 años · 5 min

🌊 La Curiosa Capibara de la Plaza Olavide
¡Pssst! ¡Gonzalito, mira! Juanito, con sus rizos rubios saltando, señaló con el dedo hacia el centro de la Plaza de Olavide. La tarde empezaba a caer, pintando el cielo de naranja y rosa sobre los edificios de Chamberí. Gonzalito se ajustó las gafas y entrecerró sus ojos azules. Justo al lado de la fuente, donde normalmente jugaban los niños, algo grande y marrón se movía lentamente. No era un perro, ni un gato, ¡ni siquiera una paloma gigante! Carolinita, con sus ojitos azules muy abiertos y sus rizos castaños rebotando, susurró: "¿Qué es eso, hermaniiiitos?". Un suave "¡Plof!" sonó cuando el animal se sumergió un poquito en el agua de la fuente.

Los tres hermanos se acercaron con pasitos lentos y curiosos. El animal era grandote, con un hocico cuadrado y unos bigotes largos que se movían suavemente. Su piel era de un color tierra, áspera pero brillante por el agua, y parecía muy tranquilo. Se apoyaba en sus patitas cortas y gruesas.

"¡Es una capibara!", exclamó Gonzalito, sus cejas se fruncieron mientras pensaba. "Las capibaras viven en ríos y lagos, ¡muy lejos de aquí, en Sudamérica!"

Juanito sacudió sus rizos rubios, sus ojos azules llenos de asombro. "Pero, ¿qué hace aquí, en nuestra plaza? ¿Está perdida? ¿Tiene frío?"

La capibara los miró con unos ojos oscuros y tranquilos, luego soltó un pequeño "¡Ñam!" al morder una hojita que flotaba en la fuente. Luego, se estiró y bostezó, mostrando unos dientes grandes.

"Quizás tiene hambre", dijo Carolinita, extendiendo una manita para señalar la hoja. Sus manitas eran claras como su piel. "O sueño".

Gonzalito pensó seriamente. ¿Debían llamar a alguien? ¿Asustarían a la capibara si se acercaban demasiado? ¿O quizás necesitaba ayuda para volver a su casa en algún río lejano? "Si nos acercamos, puede asustarse y correr por la plaza, y eso podría ser peligroso para ella y para la gente", dijo, "pero si no hacemos nada, ¿qué pasará con ella aquí, sola, en medio de Chamberí?". Era una decisión importante. Su pelo castaño liso se movió un poco con la brisa de la tarde mientras sopesaba las opciones.

"Podemos hablarle suave", sugirió Juanito, dando un pasito más cerca. "Como si fuera un amigo nuevo que ha venido de visita".

Carolinita asintió con entusiasmo, imitando a Juanito. "¡Hola, capibara! ¿Tienes sed? ¡El agua de la fuente está fresquita!".

Gonzalito observó a la capibara. Parecía disfrutar del agua de la fuente, moviendo sus bigotes. No estaba asustada, sino más bien... curiosa y cómoda. No parecía tener frío ni estar en apuros. Decidió que lo mejor era acercarse muy despacio y con respeto, observando si la capibara mostraba algún signo de miedo. "Vale, pero muy, muy despacio. Y con voces bajitas, ¿eh? Como si estuviéramos en la biblioteca."

Caminaron como si pisaran nubes, sin hacer ruido, sus ojos azules fijos en el animal. La capibara no se movió, solo parpadeó lentamente. Parecía observarles con la misma curiosidad. Se dio otro chapuzón suave, y el agua le goteó de su piel.

"¡Mira!", susurró Juanito, señalando. "No está intentando irse. ¡Está a gusto aquí!" Sus ojos claros brillaban con una nueva idea. "¡Quizás no está perdida, Gonzalito! Quizás... ¡solo quería conocer la plaza de Olavide y refrescarse!"

Carolinita se rio suave, tapándose la boca con su mano. "¡Una capibara turista, qué divertido!".

Gonzalito sonrió, ajustándose de nuevo las gafas. Tenía sentido. A veces, los misterios no eran problemas para resolver, sino sorpresas maravillosas para disfrutar. La capibara parecía contenta, dándose un chapuzón suave en el agua fresca de la fuente, como si fuera su propio spa personal en el corazón de la ciudad. No necesitaba ser rescatada, solo observada con cariño y un poco de imaginación.

El sol se despidió del día y las luces de la plaza comenzaron a encenderse, parpadeando como estrellas. La capibara, después de un último chapuzón, se acurrucó junto a la base de la fuente, lista para pasar la noche. Los hermanos sintieron una calidez en sus corazones. Habían encontrado el misterio, y la respuesta era simple: la capibara solo quería un lugar tranquilo para refrescarse y quizás, ¡ver la vida pasar en la bulliciosa Plaza de Olavide!

De la mano, los tres se dirigieron a casa.

"¡Qué día tan especial!", bostezó Juanito.

Carolinita se acurrucó en los brazos de Gonzalito. "La capibara... es bonita".

En casa, después de un baño calentito y un cuento más, la aventura de la capibara seguía en sus mentes. Se metieron en sus camas, suaves y calentitas.

El recuerdo de la capibara, tan tranquila, tan inesperada.

Un suave "¡Plof!" en la imaginación.

Los párpados se cerraron.

Dulces sueños.

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