🐷 El charco de Pepa en Madrid

3-7 años · 5 min

🐷 El charco de Pepa en Madrid
El sol de la tarde se colaba entre las copas de los árboles del Parque del Retiro, pintando el suelo con manchas doradas. Gonzalito, con sus siete años, corría delante, sus pies haciendo un suave *¡cric-cric!* sobre las hojas secas que olían a tierra mojada. Detrás, Juanito, de cinco, saltaba de un banco al siguiente, y la pequeña Carolinita, de tres, reía mientras intentaba atrapar su propia sombra. El aire fresco les acariciaba la cara después de una tarde de juegos.

De repente, Gonzalito se detuvo. "¡Shhh! ¿Habéis oído eso?" Sus ojos azules observaban con atención un arbusto frondoso. Un suave *¡Oink, oink!* llegó hasta ellos, no muy fuerte, como si alguien estuviera un poco triste. Juanito, con sus ojos azules bien abiertos, se acercó, su pelo rubio y rizado botando con cada paso. Carolinita se escondió un poquito detrás de él, pero sus ojos azules chispeaban con curiosidad.

Con mucho cuidado, Gonzalito apartó una rama. ¡Y allí estaba! Una cerdita rosa, con un vestido rojo, sentada en una pequeña piedra, con la cabeza gacha. ¡Era Pepa Pig! Pero no sonreía. "¡P-Pepa!" susurró Juanito, con sus mejillas de piel clara poniéndose un poco rosadas de la emoción. "¿Qué haces aquí, Pepa?" La cerdita levantó la vista, sus orejas caídas.

"¡Oink, oink!" dijo Pepa con un suspirito. "He venido a Madrid porque me han dicho que hay unos charcos maravillosos. Pero... ¡no encuentro ninguno lo suficientemente grande para saltar! ¡Y me encanta saltar en los charcos!" Se le notaba muy, muy desanimada. Juanito se puso a su lado. "¡Pobre Pepa! No te pongas triste", dijo, su pelo rubio y rizado tembló un poco mientras se inclinaba para mirarla a los ojos.

Gonzalito se ajustó las Gafas, pensando. Había llovido un poco por la mañana, pero el sol ya lo había secado casi todo. "Hmm..." Su piel clara se arrugó un poco en la frente. "Un charco grande en el Retiro..." Carolinita, que había estado mirando el suelo con su pelo castaño y rizado agitándose, de repente señaló con su dedito hacia el sendero. "¡Mira! ¡Agua!"

Todos miraron donde señalaba Carolinita. No era un charco enorme, pero un poco más allá, entre dos árboles grandes, el agua de la lluvia se había acumulado en una depresión del camino, formando un pequeño lago brillante. Estaba un poco cubierto de hojas. "¡Pero hay hojas!" dijo Pepa con otro *¡Oink!* triste. "No es perfecto". Gonzalito miró el charco, luego a Pepa, luego a sus hermanos.

Aquí estaba el dilema. ¿Era este el charco que Pepa quería? No era el más grande de Madrid, seguro. Pero era el único que tenían. Gonzalito tomó una decisión. "Pepa", dijo, su pelo liso y castaño se movió un poco cuando se agachó. "Quizás no es el charco más grande, ¡pero podemos hacerlo perfecto! Podemos quitar las hojas y ¡será nuestro charco secreto de amistad!" Los ojos azules de Gonzalito brillaron con una idea.

"¡Sí!" exclamó Juanito. "¡Un charco de amistad!" Los tres hermanos se arremangaron. Con sus manitas, empezaron a retirar con cuidado las hojas del charco. *¡Plaf!* Hacían el agua sonar suavemente. Carolinita reía, su piel clara se puso rosada de emoción, mientras recogía las hojas más pequeñas. "¡Listo!" dijo Gonzalito, orgulloso, mirando el charco limpio y reluciente. "¡Ahora sí que puedes saltar, Pepa!"

Pepa miró el charco. Miró a los niños, que le sonreían con cariño. ¡Estaban siendo tan buenos amigos! Un gran sonrisa apareció en su cara. "¡Oink, oink! ¡Gracias, amigos! ¡El mejor charco de amistad!" Y con un grito de alegría, *¡Plaf!* saltó justo en el centro, salpicando agua por todas partes. Los niños rieron a carcajadas, felices de ver a Pepa tan contenta.

Después de saltar muchísimas veces en el charco de amistad, el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de naranja. Pepa los abrazó con un gran *¡Oink!* de agradecimiento. "¡Gracias por vuestra amistad! ¡Ha sido el mejor día!" Se despidió con la promesa de volver algún día. Los niños, cansados pero felices, observaron cómo Pepa desaparecía entre los arbustos.

De camino a casa, no paraban de hablar del charco secreto y de Pepa. "¡Fue increíble!" dijo Juanito, bostezando. Carolinita se acurrucó en los brazos de su papá, sus ojos azules ya pesados. Gonzalito sonrió, pensando en cómo habían ayudado a Pepa.

El mundo se hizo más tranquilo. Las luces de la calle se encendieron, una a una. En la cama, arropados, los tres cerraron los ojos. El recuerdo de Pepa y el charco de amistad llenó sus sueños. Un dulce *¡Oink, oink!* y un suave *¡Plaf!* en sus corazones. Muy, muy despacio. Dulces sueños, pequeños.

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