El Secreto del Pequeño Caracol Valiente

2-2 años · 5 min

El Secreto del Pequeño Caracol Valiente
Un día soleado y muy, muy bonito, Paula estaba en el jardín de su casa. ¡Qué bien olía a flores! Paula, con sus ojitos grandes y curiosos, miraba todo a su alrededor. Había mariposas que volaban como si bailaran, abejitas que zumbaban "zzzzzz" de flor en flor, y en el suelo… ¡oh, oh! ¿Qué era eso tan chiquitín y brillante? Paula se agachó despacito, despacito, y vio una casita de colores en miniatura que se movía ¡muy, muy, muy despacio! Era un pequeño caracol, con sus cuernitos fuera, explorando el mundo.

El caracolito, que se llamaba Rizos, porque su casita tenía unos rizos preciosos, quería llegar a una hoja muy, muy grande. ¡Era una hoja verde, brillante y llena de rocío! Pero no era una hoja cualquiera. Al final de esa hoja, ¡había una frambuesa roja y jugosa! Mmm, qué rica. Rizos estiró su cuerpecito y ¡plof!, intentó subir. Pero la hoja era muy resbaladiza por el rocío de la mañana. ¡Oh, oh! Se resbaló un poquito hacia abajo.

Paula, que estaba sentada en el suelo, con sus rodillas dobladas, observaba a Rizos con mucha atención. Rizos no se rindió. Volvió a estirar su cuerpecito, con mucha calma, y empezó a subir otra vez. Un pasito, otro pasito, ¡y otro! ¡Qué bien! Pero de repente, ¡zas!, otra vez se resbaló un poquito. Un poquito menos que antes, pero se resbaló.

Paula hizo un ruidito de asombro. "Uhmm", dijo, como si entendiera lo difícil que era. Rizos, que era un caracol muy, muy cabezota y valiente, no se puso triste. ¡No, no! Él sabía que a veces las cosas grandes y jugosas cuestan un poquito. Volvió a intentar subir la hoja resbaladiza. Esta vez, fue un poquito más despacio, pegando su cuerpecito a la hoja con todas sus fuerzas de caracol.

Un pasito, otro pasito... ¡y otro más! ¡Qué bien lo estaba haciendo! Paula sonreía. Quería animar a Rizos, pero sabía que los caracoles necesitan mucha, mucha tranquilidad. Así que solo le mandó energía buena con sus ojitos. Rizos subía y subía. La frambuesa parecía estar cada vez más cerca. Un poquito más, Rizos, ¡tú puedes! El caracolito se esforzaba, moviendo sus cuernitos, como diciendo: "¡Sí, sí, lo voy a conseguir!".

¡Y así fue! Después de muchos, muchos pasitos, y de no rendirse ni una sola vez, Rizos el caracol ¡por fin llegó al borde de la hoja! ¡Estaba al ladito de la frambuesa! Paula dio una palmada suave con sus manitas. ¡Qué alegría! Rizos, muy orgulloso, estiró su cabecita y tocó la frambuesa. ¡Mmm, qué rica! Se la había ganado con su esfuerzo.

Paula aprendió una cosa muy importante ese día. Vio cómo Rizos, aunque era muy chiquitín y la hoja era muy resbaladiza, no dejó de intentarlo. No se enfadó, no se puso triste para siempre, ¡solo siguió intentando! Y al final, ¡lo consiguió!

Cuando las cosas son un poco difíciles, como atarse los zapatos o construir una torre de bloques muy alta, podemos recordar a Rizos el caracol. Si lo intentamos una y otra vez, con calma y sin rendirnos, ¡seguro que al final lo logramos! O al menos, ¡lo haremos un poquito mejor cada vez! Paula sonrió, pensando en el caracol valiente. ¡Qué secreto tan bonito le había enseñado Rizos! El secreto de la perseverancia.

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