🪨 Gon y la puerta de las piedras de los cuentos

5-5 años · 5 min · Aventura

🪨 Gon y la puerta de las piedras de los cuentos
Una tarde, Gon corría por el parque, su lugar favorito para inventar grandes historias. La tierra bajo sus pies brillaba de repente con pequeños puntos dorados, como si estrellas hubieran caído al suelo. Gon recordó que en este parque, la tierra brillaba con puntos dorados si alguien pensaba en una aventura, y los puntos dorados marcaban el camino. Él siempre estaba pensando en aventuras, así que no le sorprendió ver el brillo. ¡Mira! Un camino dorado apareció delante de él, serpenteando hacia un enorme roble que nunca había explorado de cerca.

"¿Adónde me llevarán estos brillos?", se preguntó Gon en voz baja, siguiendo los puntos que parecían danzar. Los puntos dorados se hacían más intensos cuanto más se acercaba al árbol. El roble era muy viejo, con ramas que parecían brazos gigantes. Gon rodeó su tronco, tocando la corteza rugosa. Y entonces, allí, medio escondida entre las raíces, vio una pequeña puerta de madera. Era del tamaño justo para él, con una manilla de metal que parecía un caracol dormido.

Gon se agachó. La puerta era muy antigua, con madera gastada por el tiempo. Intentó girar la manilla. ¡Cric! Hizo un ruido suave, pero la puerta no se abría. Estaba cerrada con algo más que un pestillo. Gon pensó.

¿Qué podía hacer? Empujó con su hombro, pero la puerta ni se movió. Se sentó en el suelo, mirando la puerta. De repente, una idea le vino a la cabeza, como un rayo de sol. Recordó que su abuela siempre decía: "Gon, la aventura más grande empieza aquí, en tu cabeza, con la imaginación".

Quizás la puerta no necesitaba fuerza. Quizás necesitaba otra cosa. Gon cerró los ojos un momento y pensó en el más allá de esa puerta. Imaginó un mundo de gigantes amables, o un río de chocolate, o un bosque donde los pájaros cantaban canciones mágicas. Cuando abrió los ojos, los puntos dorados alrededor de la puerta brillaban con más fuerza que nunca, casi como luciérnagas. Tocó la manilla de nuevo, esta vez con cuidado, pensando en su abuela. Y ¡Plaf! La manilla giró sin esfuerzo. La puerta se abrió despacio, revelando una pequeña cueva oscura.

Dentro no había gigantes ni ríos de chocolate. Había una mesa de madera y sobre ella, un montón de piedras de todos los colores. Cada piedra tenía una forma diferente: una parecía un barco diminuto, otra un castillo en miniatura, otra una nube con alas. Gon cogió una piedra azul que parecía un caballito de mar. Al tocarla, sintió un calor suave y una historia se formó en su mente: la historia de un caballito de mar que visitaba cuevas submarinas.

"¡Son piedras de los cuentos!", exclamó Gon, maravillado. No era una aventura para cruzar, sino una fábrica de aventuras para imaginar. Eligió la piedra que parecía un conejo, pensando en su conejo de peluche, y otra que recordaba a un caballo, como los que veía en el campo. Se sentó en el suelo de la cueva, la puerta abierta a su espalda, dejando entrar un rayo de luz del parque. Con cada piedra, una historia nueva nacía en su imaginación. La luz del atardecer se filtraba por la puerta, tiñiendo las piedras de colores aún más bonitos.

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