🏊 Noa y el lago del bosque con el abuelo
7-7 años · 5 min
Una tarde, Noa fue con su abuelo y su abuela a la laguna del bosque. Noa llevaba el bañador puesto debajo de la ropa desde el desayuno. Nadar era lo que más le gustaba en el mundo, y la laguna del bosque era su sitio favorito para nadar.
—¡Allí está mi flotador! —gritó Noa.
Pero el flotador no estaba. Noa había dejado el flotador atado a la orilla el día anterior, y ahora solo quedaba la cuerda, colgando de una rama, con la punta mojada.
—Se lo habrá llevado la corriente —dijo el abuelo.
—O se lo habrá llevado alguien con muchas ganas de flotar —dijo la abuela, mirando el agua.
Noa miró el agua. Había un bulto naranja moviéndose en medio de la laguna. Un bulto naranja con orejas.
—¡Es el zorro! —dijo Noa.
El zorro de la familia, que se creía que era un perro, estaba flotando dentro del flotador de Noa. Como un cork. Daba vueltas despacito, con los ojos cerrados, tan a gusto.
—¡Ese flotador es mío! —dijo Noa.
El zorro abrió un ojo. Y volvió a cerrarlo.
El abuelo se rio tanto que se sentó en una piedra.
—A ver cómo lo traes de vuelta —dijo.
Noa pensó. No podía nadar tan lejos sin flotador. Y estaba prohibido meterse en el agua profunda sin nadie mirando. Pero el abuelo estaba mirando, así que eso sí podía.
Entonces Noa tuvo una idea. En la mochila llevaba la pelota roja del perro. La pelota flotaba siempre, hasta cuando la escondían en el barro.
—¡Abuelo, ayúdame a lanzar!
Noa sacó la pelota roja y la lanzó lejos, justo al lado del flotador. ¡PLAF!
El zorro abrió los dos ojos. Miró la pelota. Miró el flotador. El flotador era grande y blandito. La pelota era pequeña y saltaba. El zorro eligió el flotador, que era más cómodo, y se volvió a tumbar.
—Uf, no funciona —dijo Noa.
La abuela se agachó junto a ella.
—Piensa, Noa. ¿Qué quiere un zorro más que un flotador?
Noa miró su mochila otra vez. Y lo vio: el bocadillo de la merienda. Un bocadillo de tortilla, grandote, que olía a tortilla de la abuela. Y a los zorros el olor de la tortilla de la abuela les llega hasta el otro lado del bosque.
Noa puso el bocadillo encima de una piedra, justo en la orilla. Luego se escondió detrás de la abuela, que era grande y servía de muro.
El zorro husmeó. El flotador se quedó solo. El zorro se dejó caer al agua con un salto, ¡PLOF!, y salió nadando a toda prisa, que es la única prisa que un zorro tiene cuando huele tortilla.
—¡Ahora! —dijo Noa.
El abuelo agarró la cuerda de la orilla y tiró despacio. El flotador vino rodando y saltando por el agua hasta la orilla, como un pez gordo naranja.
—¡Lo tengo! —dijo Noa.
El zorro, mientras tanto, se comió el bocadillo entero, con el papel incluido. Luego se sacudió, salpicando a la abuela de pies a cabeza, y se tumbó a la sombra a dormir la siesta con la barriga llena.
—Este zorro está mejor servido que yo —dijo la abuela, empapada.
Y todos se rieron.
Entonces llegó el mejor momento de la tarde. Noa se puso el flotador, el abuelo la sujetaba por el brazo, y nadó y nadó por la laguna. El agua estaba fresca por arriba y calentita por abajo. El zorro roncaba a la sombra. La abuela extendió la toalla al sol.
Cuando el sol empezó a bajar, Noa salió del agua con el pelo pegado a la espalda y la barriga de piedra. Se secó con la toalla de la abuela, que olía a campo.
De camino a casa, Noa miró hacia atrás una última vez. El flotador iba atado a la mochila, bien atado con doble nudo. Pero en la orilla, junto a la piedra del bocadillo, había huellas pequeñas de zorro que miraban hacia el agua.
—Mañana quizá vuelva a nadar —dijo Noa.
Y el abuelo le guiñó un ojo.
—¡Allí está mi flotador! —gritó Noa.
Pero el flotador no estaba. Noa había dejado el flotador atado a la orilla el día anterior, y ahora solo quedaba la cuerda, colgando de una rama, con la punta mojada.
—Se lo habrá llevado la corriente —dijo el abuelo.
—O se lo habrá llevado alguien con muchas ganas de flotar —dijo la abuela, mirando el agua.
Noa miró el agua. Había un bulto naranja moviéndose en medio de la laguna. Un bulto naranja con orejas.
—¡Es el zorro! —dijo Noa.
El zorro de la familia, que se creía que era un perro, estaba flotando dentro del flotador de Noa. Como un cork. Daba vueltas despacito, con los ojos cerrados, tan a gusto.
—¡Ese flotador es mío! —dijo Noa.
El zorro abrió un ojo. Y volvió a cerrarlo.
El abuelo se rio tanto que se sentó en una piedra.
—A ver cómo lo traes de vuelta —dijo.
Noa pensó. No podía nadar tan lejos sin flotador. Y estaba prohibido meterse en el agua profunda sin nadie mirando. Pero el abuelo estaba mirando, así que eso sí podía.
Entonces Noa tuvo una idea. En la mochila llevaba la pelota roja del perro. La pelota flotaba siempre, hasta cuando la escondían en el barro.
—¡Abuelo, ayúdame a lanzar!
Noa sacó la pelota roja y la lanzó lejos, justo al lado del flotador. ¡PLAF!
El zorro abrió los dos ojos. Miró la pelota. Miró el flotador. El flotador era grande y blandito. La pelota era pequeña y saltaba. El zorro eligió el flotador, que era más cómodo, y se volvió a tumbar.
—Uf, no funciona —dijo Noa.
La abuela se agachó junto a ella.
—Piensa, Noa. ¿Qué quiere un zorro más que un flotador?
Noa miró su mochila otra vez. Y lo vio: el bocadillo de la merienda. Un bocadillo de tortilla, grandote, que olía a tortilla de la abuela. Y a los zorros el olor de la tortilla de la abuela les llega hasta el otro lado del bosque.
Noa puso el bocadillo encima de una piedra, justo en la orilla. Luego se escondió detrás de la abuela, que era grande y servía de muro.
El zorro husmeó. El flotador se quedó solo. El zorro se dejó caer al agua con un salto, ¡PLOF!, y salió nadando a toda prisa, que es la única prisa que un zorro tiene cuando huele tortilla.
—¡Ahora! —dijo Noa.
El abuelo agarró la cuerda de la orilla y tiró despacio. El flotador vino rodando y saltando por el agua hasta la orilla, como un pez gordo naranja.
—¡Lo tengo! —dijo Noa.
El zorro, mientras tanto, se comió el bocadillo entero, con el papel incluido. Luego se sacudió, salpicando a la abuela de pies a cabeza, y se tumbó a la sombra a dormir la siesta con la barriga llena.
—Este zorro está mejor servido que yo —dijo la abuela, empapada.
Y todos se rieron.
Entonces llegó el mejor momento de la tarde. Noa se puso el flotador, el abuelo la sujetaba por el brazo, y nadó y nadó por la laguna. El agua estaba fresca por arriba y calentita por abajo. El zorro roncaba a la sombra. La abuela extendió la toalla al sol.
Cuando el sol empezó a bajar, Noa salió del agua con el pelo pegado a la espalda y la barriga de piedra. Se secó con la toalla de la abuela, que olía a campo.
De camino a casa, Noa miró hacia atrás una última vez. El flotador iba atado a la mochila, bien atado con doble nudo. Pero en la orilla, junto a la piedra del bocadillo, había huellas pequeñas de zorro que miraban hacia el agua.
—Mañana quizá vuelva a nadar —dijo Noa.
Y el abuelo le guiñó un ojo.
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