🧚♂️ El Amigo del Bosque
4-4 años · 5 min · Valentía · Aventura
Ekaitz caminaba por el Bosque de los Susurros. ¡Sssshhh! Los árboles cantaban una canción suave. Sus pies pisaban musgo blandito. Olía a tierra mojada y a pino fresco. El sol se colaba entre las hojas. Hacía dibujitos de luz en el suelo. De pronto, escuchó un ruidito. ¡Sniff, sniff! Era muy, muy bajito. “¿Quién está ahí?”, pensó Ekaitz. Miró a un lado. Miró al otro.
Ekaitz siguió el ruidito suave. Andaba despacito, pasito a pasito. Detrás de una seta grande, vio algo. Era un duendecillo diminuto. Tenía ropa verde y un gorrito picudo. Estaba sentado. Sus ojos grandes tenían lágrimas. ¡Plaf! Una lágrima cayó al suelo. Tenía una linternita en la mano. La linterna estaba apagada.
“¿Estás triste?”, preguntó Ekaitz con voz suave.
El duendecillo levantó la cabeza. “¡Oh, sí!”, dijo. Su voz era muy, muy chiquitita. “Soy el Duendecillo Dormilón. ¡Me he perdido!”
“¿Perdido?”, dijo Ekaitz.
“Sí”, suspiró el duendecillo. “Mi linterna no tiene luz. No veo el camino. ¡Mi casa está lejos!” Se encogió de hombros.
Ekaitz miró a su alrededor. El bosque parecía un poquito más oscuro. Los árboles susurraban más fuerte. “Mmm…”, pensó Ekaitz. Era un poquito difícil. El duendecillo era tan pequeño. Pero Ekaitz recordó las aventuras. Los exploradores son valientes. “¡Yo te ayudo!”, dijo Ekaitz con voz clara.
El Duendecillo Dormilón abrió sus ojos grandes. “¡¿De verdad?!”, exclamó.
“¡Sí!”, respondió Ekaitz. “Necesitas luz. ¡Mira! Esas florecitas brillan.” Ekaitz señaló unas flores. Tenían pétalos que relucían suavemente. Eran como estrellas pequeñas.
Ekaitz se agachó con cuidado. Estiró su mano. ¡Cric! Recogió unos pétalos. Los pétalos eran suaves y brillantes. “Ponlos aquí”, dijo Ekaitz. Abrió la linternita del duendecillo.
El Duendecillo Dormilón metió los pétalos dentro. ¡Puf! ¡Qué magia! La linterna se encendió. Brillaba con una luz cálida. “¡Oh, Ekaitz!”, dijo el duendecillo. “¡Lo has hecho! ¡Eres muy valiente!”
El duendecillo sonrió. Le cogió de la mano. Era una mano diminuta. “¡Ven, te enseño el camino!” Corrió por un sendero secreto. Ekaitz le siguió feliz.
Pronto, llegaron a un claro. Era un lugar abierto. El duendecillo señaló su casa. Era una casita bajo una raíz.
“¡Adiós, Ekaitz!”, dijo el Duendecillo Dormilón. Agitó su manita.
“¡Adiós!”, dijo Ekaitz. Le devolvió el saludo.
El bosque se hizo más silencioso. El hum de los árboles se calmó. Ekaitz caminó despacito hacia su casa. Se sentía muy bien. Había ayudado a un amigo. Había sido muy valiente.
Ya en su cama, se acurrucó. Pensó en el duendecillo y su linterna. El Duendecillo Dormilón ya no estaba triste. Ekaitz cerró los ojos. El mundo se puso muy, muy tranquilo. Shhh… A dormir.
Ekaitz siguió el ruidito suave. Andaba despacito, pasito a pasito. Detrás de una seta grande, vio algo. Era un duendecillo diminuto. Tenía ropa verde y un gorrito picudo. Estaba sentado. Sus ojos grandes tenían lágrimas. ¡Plaf! Una lágrima cayó al suelo. Tenía una linternita en la mano. La linterna estaba apagada.
“¿Estás triste?”, preguntó Ekaitz con voz suave.
El duendecillo levantó la cabeza. “¡Oh, sí!”, dijo. Su voz era muy, muy chiquitita. “Soy el Duendecillo Dormilón. ¡Me he perdido!”
“¿Perdido?”, dijo Ekaitz.
“Sí”, suspiró el duendecillo. “Mi linterna no tiene luz. No veo el camino. ¡Mi casa está lejos!” Se encogió de hombros.
Ekaitz miró a su alrededor. El bosque parecía un poquito más oscuro. Los árboles susurraban más fuerte. “Mmm…”, pensó Ekaitz. Era un poquito difícil. El duendecillo era tan pequeño. Pero Ekaitz recordó las aventuras. Los exploradores son valientes. “¡Yo te ayudo!”, dijo Ekaitz con voz clara.
El Duendecillo Dormilón abrió sus ojos grandes. “¡¿De verdad?!”, exclamó.
“¡Sí!”, respondió Ekaitz. “Necesitas luz. ¡Mira! Esas florecitas brillan.” Ekaitz señaló unas flores. Tenían pétalos que relucían suavemente. Eran como estrellas pequeñas.
Ekaitz se agachó con cuidado. Estiró su mano. ¡Cric! Recogió unos pétalos. Los pétalos eran suaves y brillantes. “Ponlos aquí”, dijo Ekaitz. Abrió la linternita del duendecillo.
El Duendecillo Dormilón metió los pétalos dentro. ¡Puf! ¡Qué magia! La linterna se encendió. Brillaba con una luz cálida. “¡Oh, Ekaitz!”, dijo el duendecillo. “¡Lo has hecho! ¡Eres muy valiente!”
El duendecillo sonrió. Le cogió de la mano. Era una mano diminuta. “¡Ven, te enseño el camino!” Corrió por un sendero secreto. Ekaitz le siguió feliz.
Pronto, llegaron a un claro. Era un lugar abierto. El duendecillo señaló su casa. Era una casita bajo una raíz.
“¡Adiós, Ekaitz!”, dijo el Duendecillo Dormilón. Agitó su manita.
“¡Adiós!”, dijo Ekaitz. Le devolvió el saludo.
El bosque se hizo más silencioso. El hum de los árboles se calmó. Ekaitz caminó despacito hacia su casa. Se sentía muy bien. Había ayudado a un amigo. Había sido muy valiente.
Ya en su cama, se acurrucó. Pensó en el duendecillo y su linterna. El Duendecillo Dormilón ya no estaba triste. Ekaitz cerró los ojos. El mundo se puso muy, muy tranquilo. Shhh… A dormir.
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